Inspirada libremente en la figura real de Marty “The Needle” Reisman, la película es un triunfo estético. La puesta en escena nos remonta a la perfección a esa Nueva York de los años 50, con una reconstrucción visual tan lograda que casi se puede oler el humo de los cigarrillos y el barniz de las mesas de madera. En medio de ese escenario, Timothée Chalamet se aleja por completo de su faceta de “crush” hegemónico de Hollywood para encarnar a un joven flaco, de anteojos y bigote, que busca desesperadamente pertenecer.
Chalamet se mimetiza con un hombre que se aferra a su don para el tenis de mesa como una tabla de salvación para cumplir sus sueños, consciente de que en esa sociedad de posguerra no basta con ser el mejor: hay que creérselo.
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Entre la soberbia y el deseo de gloria
Marty es un personaje de contradicciones fascinantes. Es un judío de clase media, soberbio y por momentos un tipo difícil con su propia familia, a quien le importa poco decepcionar a los demás mientras no falle frente a la red. Lo más brillante es cómo la película en sí misma se convierte en una partida de ping-pong: el ritmo, el espíritu y el sonido del intercambio estruendoso están presentes en cada plano, generando un efecto hipnótico que no da respiro.
Chalamet deja de ser promesa para convertirse en presencia. No interpreta a Marty: lo habita, lo exprime, lo vuelve impredecible. Si esta es la dirección que decide tomar, Hollywood va a tener que acostumbrarse a algo más peligroso que un galán porque es un actor dispuesto a ensuciarse para ganar.
Por otra parte, el guion de Safdie y Bronstein es, en esencia, una pieza exasperante y vertiginosa, cargada de un ingenio que no necesita recurrir a la grandilocuencia para impactar. Su encanto radica precisamente en la economía de su brillantez: encanta por la forma casi quirúrgica en la que dice lo que dice. No busca el subrayado moralista ni el artificio épico; prefiere la velocidad del diálogo mordaz y la construcción de situaciones que incomodan tanto como fascinan, manteniendo la tensión narrativa en un punto de ebullición constante.
En este escenario de ambición desmedida, la película nos presenta una faceta cruda del protagonista. Aquí, Marty se deja ver como un hombre dispuesto a todo por cumplir su meta; un antihéroe que navega entre estafas, apuestas, mentiras y delitos cometidos en pos de sus objetivos. Es una construcción del relato tan efectivo que hasta el más puritano de los centinelas de la moral puede llegar a concederle el beneficio de la duda. Bajo la premisa de que el fin justifica los medios, el guion nos confronta con una honestidad brutal: no seamos hipócritas, en el fondo lo entendemos y, quizás, en su lugar haríamos exactamente lo mismo. Esta conexión visceral con la amoralidad del personaje es lo que termina por anclar al espectador en la butaca.
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Más allá del despliegue protagónico, Marty Supremo nos regala el inteligente regreso de figuras que extrañábamos. Gwyneth Paltrow y Fran Drescher vuelven para recordarnos que su talento da un contrapeso elegante a la voracidad del protagonista, aportando capas de elegancia y humanidad a un texto exquisito que logra entretener sin aburrir un solo segundo.
Al final, Marty Supremo no trata de ganar un torneo, sino de sobrevivir a cada intercambio. Y como en toda buena partida, lo que importa no es quién empezó el juego, sino quién se anima a devolver la pelota cuando quema. Safdie lo entiende. Chalamet lo ejecuta. Y nosotros, desde la butaca, apenas alcanzamos a seguir el ritmo.
Ficha técnica
Calificación: 4/5
Título Original: Marty Supreme
Dirección: Josh Safdie
Guion: Josh Safdie, Ronald Bronstein
Género: Comedia dramática / Deporte / Biográfico
País: Estados Unidos
Año: 2025 (Lanzamiento global 2026)
Distribución Latam: Argentina, México, Brasil, Colombia, Perú, Chile, Bolivia
Productores: A24, Eli Bush, Anthony Katagas, Josh Safdie
Protagonistas: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Fran Drescher
Sinopsis
Ambientada en el vibrante mundo del tenis de mesa de los años 50, Marty Supremo sigue a Marty Mauser (Timothée Chalamet), un joven soñador decidido a ganarse el respeto en un deporte que nadie toma en serio. Inspirada en el espíritu del legendario jugador de ping-pong, la película narra el descenso de Marty hacia la obsesión, las apuestas y la redención.