Qué dice la ciencia
En 2016, una investigación de la Universidad de Yale, publicada en la revista Neurology, analizó a más de 3.600 adultos mayores de 50 años en Estados Unidos. Quienes leían libros al menos 3,5 horas a la semana vivían, de media, casi dos años más que quienes no leían. El efecto no se observó con la misma intensidad en lectores de revistas o periódicos.
Los autores apuntan a dos explicaciones principales. La primera es el llamado “reserva cognitiva”: las actividades intelectuales frecuentes —como leer— fortalecen redes neuronales alternativas que ayudan al cerebro a compensar los daños propios de la edad o de enfermedades neurodegenerativas.
La segunda es que la lectura de libros suele requerir más atención sostenida, memoria de personajes y tramas complejas, y capacidad de abstracción que otros formatos breves.
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Otros trabajos, como el Rush Memory and Aging Project, en Chicago, han encontrado que las personas que realizan actividades cognitivamente estimulantes —incluida la lectura— durante toda la vida muestran una tasa más lenta de deterioro de la memoria en la vejez y un riesgo algo menor de desarrollar demencia.
No todos los libros funcionan igual
Ficción, ensayo, poesía o biografías: ¿importa el género? Los especialistas coinciden en que el beneficio no está solo en el contenido, sino en el tipo de esfuerzo mental que exige cada texto.
Las novelas largas obligan a seguir líneas argumentales extensas y a trabajar la memoria episódica. El ensayo y la divulgación científica ponen a prueba la comprensión y el razonamiento crítico. La poesía exige atención al lenguaje, metáforas y dobles sentidos.
Más allá del género, la clave parece estar en la complejidad: textos demasiado fáciles no estimulan lo suficiente; demasiado difíciles pueden generar frustración y abandono del hábito.
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Lectura, soledad y salud mental
Leer también tiene un componente social. Los clubes de lectura, las bibliotecas de barrio o los grupos en línea añaden conversación, pertenencia y rutina.
La combinación de estimulación cognitiva y conexión social se asocia con menor depresión en la vejez, otro factor protector frente al deterioro cognitivo.
El acto de leer, además, introduce pausas en un entorno saturado de pantallas rápidas y notificaciones. Esa “desaceleración” se ha relacionado con menores niveles de estrés, un aspecto que también repercute en la salud cerebral a largo plazo.
Empezar tarde también cuenta
Los estudios coinciden en que cuanto antes se consolida el hábito lector, mejor. Sin embargo, empezar a leer más a los 60 o 70 años no es inútil: cualquier incremento sostenido en la estimulación cognitiva parece aportar beneficios.
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En un contexto de envejecimiento demográfico acelerado, los libros emergen no solo como fuente de placer y conocimiento, sino como una de las herramientas culturales más simples —y respaldadas por la evidencia— para acompañar al cerebro a envejecer de forma más saludable.