La necesidad de justicia emocional es real. No se trata solo del hecho ocurrido, sino de que alguien reconozca el daño y lo valide. El perdón del otro se vuelve la prueba de que lo que uno sufre importa. El problema aparece cuando esa validación se convierte en condición para poder seguir adelante.
Diversos especialistas señalan que, en ese punto, la persona cede su poder: el bienestar queda en manos de quien hirió. Si el ofensor no reconoce el daño, la víctima se queda atrapada en un circuito de rumiación, ira y expectativas frustradas. La herida ya no solo es lo que pasó, sino lo que no está pasando: el pedido de perdón que no llega.
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Soltar la espera
La trampa se refuerza por una idea muy extendida: que “perdonar sin disculpa” equivale a minimizar lo ocurrido. Desde la psicología se plantea otra mirada: perdonar —o al menos soltar la espera— no absuelve al responsable, sino que protege a quien carga con el dolor. No es un acto de olvido, sino de higiene emocional.
Sin embargo, soltar la expectativa no es sencillo. Implica aceptar algo profundamente incómodo: hay personas que nunca admitirán lo que hicieron, no porque lo tuyo no importe, sino por sus propias defensas, culpas o limitaciones. Esa aceptación suele vivirse como una segunda injusticia, pero también marca el inicio de una forma distinta de justicia: la interna.
En la práctica, esto significa cambiar la pregunta. En lugar de “¿Cuándo me pedirá perdón?”, pasar a “¿Qué necesito yo para reparar esto, independientemente de lo que haga el otro?”.
A veces la respuesta pasa por hablarlo con alguien de confianza, escribir una carta que nunca se envía, poner límites claros o incluso tomar distancia definitiva. En otras ocasiones, implica permitir que la rabia se exprese en un espacio seguro, sin censuras.
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Soltar la espera de una disculpa no es renunciar a la justicia, sino mudarla de escenario: de la voluntad del otro a tu propio campo de acción. La pregunta clave deja de ser si la otra persona merece tu perdón, para convertirse en si vos merecés vivir sin quedar emocionalmente atado a quien te dañó.
Porque, al final, la verdadera libertad no llega cuando el otro dice “lo siento”, sino cuando uno decide que su silencio ya no tendrá la última palabra.