La clave, según psicólogos y educadores, no está en “soltar” de golpe ni en supervisarlo todo, sino en aprender a acompañar a los hijos sin invadir.
Autonomía no es abandono
La autonomía no implica que el niño deba hacerlo todo sin ayuda, sino que desarrolle la sensación de competencia y la certeza de que, aun cuando se equivoque, contará con el apoyo de sus figuras de referencia.
Los estudios sobre desarrollo señalan que los niños que se perciben competentes y apoyados a la vez toleran mejor la frustración, se atreven a probar cosas nuevas y piden ayuda de forma más ajustada, sin dependencia extrema ni rechazo sistemático del adulto.
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El arte de ayudar menos… pero mejor
En la práctica, fomentar la autonomía implica calibrar la ayuda. Una estrategia habitual entre educadores es la llamada “andamiaje”: ofrecer solo el soporte justo para que el niño pueda avanzar un poco más de lo que lograría en solitario.
Si un niño de nueve años no sabe por dónde empezar un trabajo escolar, hacerlo por él envía el mensaje de que no es capaz. En cambio, formular preguntas guía (“¿Qué te piden exactamente?”, “¿Qué podrías hacer primero?”) le permite entrenar la planificación con la seguridad de no estar solo ante el reto.
En casa, esto se traduce en tolerar tiempos más lentos y resultados imperfectos: que se vista solo aunque tarde más, que participe en tareas domésticas aun si el resultado no es impecable, que gestione pequeños conflictos con hermanos antes de que el adulto intervenga.
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El papel del error
Uno de los frenos a la autonomía es el miedo de los padres al sufrimiento de sus hijos. Prevenir toda incomodidad —de la mochila olvidada al suspenso puntual— parece una forma de amor, pero puede volverse en contra.
Cuando no se les permite experimentar consecuencias manejables de sus propios actos, se les quita ese espacio emocional en el que se aprende a tomar mejores decisiones.
La clave está en cómo se acompaña el proceso: no tiene el mismo efecto un “te advertí” que un “¿qué creés que podrías hacer distinto la próxima vez?”.
Comunicación que empodera
El lenguaje cotidiano también modela la autonomía. Frases como “dejame, vos no sabés” o “ya lo hago yo, que voy más rápido” minan la confianza. Sustituirlas por mensajes que reconozcan el esfuerzo (“veo que lo estás intentando”) y que ofrezcan apoyo condicional (“si te atascás, estoy cerca”) refuerza la percepción de capacidad.
Definir juntos ciertas normas —horario de deberes, uso de pantallas, responsabilidades en casa— y permitir que los hijos opinen dentro de unos límites claros, aumenta su sentido de control y reduce la necesidad de rebeldías posteriores.
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Autonomía, una inversión a largo plazo
Fomentar hijos resolutivos no implica exigirles madurez adulta, sino ofrecerles un terreno gradual donde puedan probar, equivocarse, reparar y volver a intentar.
Implica, también, revisar las propias inseguridades adultas: a veces la dificultad para soltar tiene más que ver con el miedo a “no ser necesarios” que con las verdaderas capacidades de los hijos.
Criar para la autonomía, coinciden los expertos, es apostar por un acompañamiento que dice, con hechos y no solo con palabras: “Confío en vosi, y si lo necesitás, acá estoy”.