El Día Internacional del Juego se celebra el 11 de junio. La ONU lo oficializó en 2024 para proteger y promover el derecho de niños y niñas al juego, una actividad clave para su bienestar.
El juego y otros derechos: educación, salud mental y desarrollo
Jugar es un puente entre derechos. En educación, el juego entrena habilidades que luego se “evalúan” en la escuela: lenguaje, atención, funciones ejecutivas (planificar, inhibirse, cambiar de estrategia), colaboración.
En salud mental, es una válvula de seguridad cotidiana: reduce tensión, permite expresar miedos sin tener que explicarlos con palabras perfectas.
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Y para el desarrollo integral, es gimnasio social: turnos, negociación, empatía, tolerancia a la frustración… todo eso que ningún manual trae con garantía.
Qué pasa en el cerebro cuando se juega
En términos simples: el juego es un acelerador de plasticidad. En la infancia, el cerebro está cableándose a gran velocidad y el juego ofrece “material de obra” variado.
En juegos de reglas, por ejemplo, se activa el entrenamiento de memoria de trabajo y autocontrol; en el juego simbólico (“soy veterinaria”, “este palo es una varita”), se practica creatividad y flexibilidad mental.
Además, el juego suele venir con emoción —curiosidad, sorpresa, risa—, y eso ayuda a que ciertos aprendizajes se fijen mejor en la memoria.
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Juego libre vs. juego estructurado: no compiten, se complementan
El juego libre (autodirigido) favorece iniciativa, imaginación, resolución de problemas y autorregulación: “¿qué hacemos ahora con esta caja?”.
El juego estructurado (deportes, rompecabezas con objetivo, juegos de mesa) aporta práctica en seguir reglas, sostener la atención y tolerar perder sin declarar el fin del mundo.
El juego como regulador emocional
Cuando un niño juega “a los monstruos” o arma una pelea de muñecos, muchas veces está ensayando emociones en un entorno seguro. Eso puede bajar ansiedad y estrés, y también reducir conductas agresivas: no porque “se le pase” mágicamente, sino porque el juego ofrece salida, lenguaje y control (“ahora el malo se cae, fin”).
Un hack útil: después de un día intenso, priorizar juego de movimiento (correr, saltar, bailar) antes de pedir una conversación seria.
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Pantallas: cómo cambiaron el juego
La digitalización trajo juegos disponibles 24/7, pero el exceso puede desplazar sueño, movimiento y juego social cara a cara.
Entre los riesgos: hiperestimulación por recompensas rápidas, menor tolerancia al aburrimiento, sedentarismo y exposición a contenidos o dinámicas poco amables (publicidad invasiva, chats sin supervisión).
No todo juego digital es “malo”. Suelen ser más positivos los que permiten crear (construcción, dibujo, música), cooperar o resolver problemas sin presión constante.
En cambio, conviene desconfiar de juegos diseñados para retener a toda costa: partidas interminables, recompensas por conectarse a diario, compras dentro de la app, cajas botín o mecánicas de “un intento más”.
Un criterio simple para casa: si al cortar el juego aparece siempre un estallido, puede ser diseño adictivo pidiendo límites claros y tiempos cortos, con transición a juego físico o libre.