Cuando Esther Mutua vio por primera vez un tablero de ajedrez pensó que sus piezas eran juguetes que luchaban entre sí, pero cuatro años después esta niña de once años disputa hasta diez partidas diarias.
En un aula de la escuela Centre of Hope en Kibera, uno de los mayores asentamientos informales de África, una quincena de niños se concentra sobre tableros verdes y blancos hechos con sacos reutilizados mientras sus manos mueven reyes, caballos y peones que, hasta hace poco, eran basura.
"Antes de empezar a jugar al ajedrez me iba muy mal en los estudios, pero después de unos meses comencé a mejorar", cuenta a EFE Mutua, convencida de que las partidas también le han enseñado a pensar de otra manera.
A su lado, Millam Andega, de 14 años, dedica entre una y cuatro horas diarias a este juego de mesa, que al principio le parecía algo tan sencillo como mover piezas sin entender nada, pero que ahora forma parte de su vida.
"Me ayuda a razonar más rápido", explica Andega, que quiere convertirse en gran maestro de ajedrez y también en ingeniero.
A unos pasos de la escuela, entre construcciones de chapa y madera, cinco trabajadores dan forma a las piezas con las que estos niños aprenden, compiten y sueñan.
El día que EFE visita el pequeño taller, un apagón ha dejado inmóvil la máquina que transforma los residuos plásticos en figuras de ajedrez, una dificultad habitual en un barrio donde los apagones forman parte de la vida cotidiana.
En el interior, cientos de reyes, torres y peones negros y blancos se amontonan en un enorme recipiente, mientras los empleados se reparten las tareas de cortar las piezas, preparar los juegos y guardarlos en pequeñas bolsas.
Detrás de esta iniciativa está Kijiji Solutions, organización fundada por el estadounidense Richard Haukom que trabaja desde hace unos cinco años para mejorar la gestión de residuos en asentamientos informales de Nairobi.
"Queríamos fabricar los juegos en el mismo lugar donde iban a utilizarse y que fueran las propias personas de la comunidad quienes hicieran el trabajo", explica a EFE Haukom, quien encontró en una colaboración con la ONG The Gift of Chess (El Regalo del Ajedrez) la oportunidad de unir reciclaje, empleo y educación.
El proceso comienza en las calles de Kibera, donde grupos de jóvenes recogen y clasifican residuos plásticos que después se limpian, trituran y transforman en pequeños gránulos en instalaciones externas.
De regreso al taller, una máquina extrusora calienta el material y lo introduce en moldes de aluminio con forma de piezas de ajedrez, que los trabajadores separan, recortan y empaquetan.
Desde marzo de 2026 han fabricado unos 3.500 juegos, repartidos gratuitamente entre centenares de escuelas y clubes de Kenia, incluidos los primeros 200 enviados al campo de refugiados de Kakuma (noroeste) y otros distribuidos por la costa, entre Mombasa y Lamu.
"Hemos conseguido crear algo de enorme valor a partir de la basura", celebra Haukom, cuyo taller produce unos 200 juegos semanales "cuando la electricidad lo permite", y proporciona empleo a vecinos del barrio.
Pero las historias que más emocionan al fundador no nacen entre las máquinas, sino al otro lado de los tableros, como la de Raymond, un niño que dejó de asistir al colegio porque su familia no podía pagar la matrícula.
El pequeño frecuentaba el taller para jugar al ajedrez y llegó a derrotar a algunos empleados, hasta que una fotografía suya jugando en un callejón terminó por abrirle una puerta inesperada.
Gracias a una persona que vio aquella imagen y puso en contacto a Haukom con otra escuela de Kibera, Raymond podrá cursar estudios el próximo enero.
"Es sólo una pequeña cosa, pero son historias que realmente te llegan", reconoce Kaukom.
En la escuela Centre of Hope, donde se enseña ajedrez desde 2022, el profesor Wilson Akhonya dirige el club Kibera Knights (Los Caballeros de Kibera), que reúne a más de 300 jugadores de entre cuatro y dieciséis años.
Algunos ya viajaron a Egipto y Sudáfrica para competir en torneos, mientras Akhonya asegura que este deporte ha mejorado la disciplina, la concentración y los resultados escolares de sus alumnos.
"Queremos formar grandes maestros de ajedrez aquí", afirma el entrenador, que espera conseguir más apoyo de la Federación Keniana de Ajedrez, con la que trabaja para formalizar la inscripción del club.
Entretanto, Esther Mutua practica a diario, orgullosa de que las piezas de ajedrez procedan de residuos de su barrio.
"En Kibera tenemos mucha basura y está bien que podamos recoger el plástico y llevarlo a Kijiji Solutions", explica la niña, que no se conforma con convertirse en campeona de ajedrez.
Su otro sueño es ser neurocirujana y, por ahora, lo construye partida a partida sobre un tablero de 64 casillas donde hasta la basura ha encontrado una segunda oportunidad.