Cinco enfermedades que tu gato podría estar ocultando sin que lo notes

Gato.Shutterstock

Los gatos son expertos en guardar secretos. En la naturaleza, mostrar dolor significa mostrarse débil, y ese instinto sigue muy vivo en los mininos del sofá. Por eso, un gato enfermo muchas veces parece “normal” hasta que el problema ya es serio.

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Veterinarios insisten en la misma idea: cuando el humano nota algo muy evidente, la enfermedad suele llevar tiempo avanzando. Conocer los trastornos que se esconden en silencio y vigilar pequeños cambios en casa puede marcar la diferencia.

1. Enfermedad renal crónica: el problema que se confunde con “envejecimiento”

Los riñones de los gatos mayores se deterioran con frecuencia, pero al principio casi no dan señales. El animal sigue comiendo, juega algo y solo parece “más tranquilo”.

Imagen ilustrativa de un gato enfermo.

Lo que suele pasar primero es un aumento muy ligero en la sed y en la cantidad de orina en el arenero. Muchas personas lo atribuyen al calor o a la edad. Con el tiempo, el gato pierde peso sin explicación, vomita alguna vez, tiene el pelo opaco y duerme más.

Un simple análisis de sangre y orina en una revisión anual puede detectar este daño temprano y permitir dieta especial y medicación que alargan y mejoran la vida del gato.

2. Hipertiroidismo: un “motor” acelerado por dentro

El hipertiroidismo es muy común en gatos mayores de 8–10 años. La glándula tiroides produce demasiada hormona y acelera todo el cuerpo, pero al principio no parece una enfermedad.

Gato con hambre, imagen ilustrativa.

Muchos gatos comen más que antes, incluso con ansia, pero adelgazan. Pueden estar más inquietos, maullar de noche o parecer “más activos”, algo que algunos tutores interpretan como buena señal. También es típica la sed aumentada y la diarrea suave, que va y viene.

Detectar el hipertiroidismo con una analítica es clave, porque sin tratamiento puede dañar corazón, riñones y otros órganos.

3. Diabetes felina: kilos de más, señales de menos

La diabetes en gatos se parece mucho a la humana tipo 2: está relacionada con el sobrepeso y con poco ejercicio. Los signos iniciales son discretos: más sed, más orina y un aumento de apetito. Como suele ocurrir de forma lenta, la familia se acostumbra a ver el bebedero más vacío o el arenero más húmedo.

Gato obeso.

Con el tiempo el gato adelgaza, se mueve menos y puede caminar raro, apoyando más los corvejones de las patas traseras. Si no se trata, la diabetes puede provocar infecciones graves y urgencias veterinarias.

Una dieta adecuada, pérdida de peso controlada y, a veces, insulina, pueden revertir o controlar bien este problema si se detecta a tiempo.

4. Enfermedad dental: dolor que no se nota en el plato

Los gatos casi nunca dejan de comer por un problema de boca… hasta que el dolor es muy intenso. Antes de eso, soportan en silencio gingivitis (encías inflamadas), sarro o dientes dañados.

Gingivitis felina.

Algunas pistas son un olor fuerte de boca, babas, preferir comida húmeda en lugar de pienso, masticar de un solo lado o dejar caer algo de comida fuera del plato. A veces solo se ve que el gato se limpia la boca con la pata con más frecuencia.

Las revisiones orales periódicas y limpiezas con anestesia, cuando el veterinario lo indica, evitan infecciones dolorosas y la pérdida de dientes.

5. Enfermedades del corazón: el enemigo invisible

Muchas cardiopatías felinas, como la miocardiopatía hipertrófica, avanzan sin provocar tos ni síntomas claros, a diferencia de los perros. El gato respira aparentemente bien y mantiene su rutina.

Gato enfermo.

En casa, lo único que puede notarse es que se cansa antes al jugar, busca más reposo o evita saltos altos. Estos cambios se confunden con “pereza” o “se está haciendo mayor”.

A veces, el primer signo visible es una urgencia: dificultad para respirar o problemas para mover las patas traseras por un coágulo. Por eso, escuchar el corazón en cada revisión y, si el veterinario lo aconseja, hacer ecografías, es tan importante.

Qué podés hacer hoy por tu gato

Controlar si come, bebe, usa el arenero, se acicala y juega como siempre ayuda a detectar cambios suaves. Pesarlo en casa una vez al mes puede revelar pérdidas de peso que el ojo no ve.

Los especialistas recomiendan como mínimo una revisión veterinaria anual, y cada seis meses a partir de los 7–8 años, con analíticas básicas. Para muchas de estas enfermedades, llegar pronto significa tratamientos más sencillos, menos sufrimiento y más años de vida con buena calidad.

Detrás de un gato aparentemente “normal” puede esconderse un enemigo silencioso. Mirar con atención y no retrasar las visitas al veterinario es la mejor forma de darle voz a lo que tu compañero felino no puede decir.

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