Un cerebro en obras
La adolescencia en perros suele aparecer entre los 6 y los 24 meses, según la raza y el tamaño. En ese periodo, el cerebro atraviesa una intensa reorganización similar, en lo esencial, a la humana: maduran las áreas de control de impulsos y cambian las prioridades sociales.
Estudios recientes han demostrado que los perros adolescentes son más propensos a ignorar órdenes… especialmente cuando proceden de su figura de apego.
Es decir, pueden obedecer mejor a un extraño en un contexto de entrenamiento que a su propia familia en casa.
No es falta de cariño, sino una mezcla de búsqueda de autonomía y “sordera selectiva” típica de esta etapa.
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No es terquedad: es sensibilidad
A la inmadurez neurológica se suma una sensibilidad emocional muy elevada. Los perros en esta etapa:
- se excitan y frustran con más facilidad
- toleran peor la espera y la frustración
- pueden mostrar miedos nuevos o reactivarse ante estímulos que antes ignoraban
Esto explica por qué un perro que parecía estable puede empezar a ladrar más, tirar de la correa o reaccionar de forma exagerada ante otros perros o personas.
La clave, subrayan los especialistas, es entender que estos comportamientos no son “un paso atrás” definitivo, sino una fase transitoria en la que el animal necesita más guía, no más castigo.
Qué puede hacer la familia
Lejos de abandonar la educación, la adolescencia es el momento de consolidar hábitos:
- Reforzar lo que sí hace bien: premiar con comida, juego o atención cada respuesta correcta, por simple que parezca.
- Bajar expectativas en situaciones difíciles: si en el parque no acude a la primera, practicar la llamada en casa o en entornos con menos distracciones.
- Mantener la coherencia: las normas deben ser claras y estables; lo que hoy está permitido, mañana también, o nunca.
- Aumentar el ejercicio mental y físico sin caer en la sobreestimulación: juegos de olfato, entrenamiento breve pero frecuente, paseos variados.
El castigo físico, los gritos o el uso de collares de ahogo o similares pueden empeorar los problemas, aumentar el miedo e incluso favorecer respuestas agresivas.
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Una etapa que también pasa
La buena noticia es que la adolescencia canina tiene fecha de caducidad. Hacia los dos o tres años, la mayoría de los perros muestran un comportamiento más estable, siempre que hayan tenido experiencias positivas y una educación consistente.
Más que una “rebelión”, se trata de una segunda oportunidad: la fase en la que el perro redefine el vínculo con su familia y consolida la forma en que se relacionará con el mundo adulto.
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Acompañarlo con paciencia, límites claros y refuerzo positivo puede marcar la diferencia entre convivir con un perro “problemático” o con un compañero equilibrado durante el resto de su vida.