La idea es clara: el refuerzo —comida, juego o caricia— debe entregarse dentro de los tres segundos posteriores a que el perro haga lo que se le pidió. Si se demora más, aumenta el riesgo de que el animal asocie el premio con otra acción (mirar a otro lado, levantarse, ladrar o acercarse), debilitando el aprendizaje.
Por qué el tiempo lo es todo
Los especialistas en conducta canina explican que los perros aprenden por asociación: conectan lo que ocurre “ahora” con lo que llega “enseguida”.
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En la práctica, eso significa que no basta con premiar; hay que premiar a tiempo.
En sesiones domésticas, las demoras suelen venir de gestos cotidianos: buscar el snack en el bolsillo, abrir un frasco, contestar el teléfono o repetir órdenes mientras el perro ya cambió de postura.
Este principio también explica un error frecuente: felicitar al perro cuando vuelve tarde tras haber ignorado el llamado. Si el premio llega al final, el perro puede interpretar que lo valioso fue regresar “cuando quiso”, no acudir rápido.
Cómo aplicar la regla sin volverse un robot
Para cumplir la ventana de los tres segundos, los expertos recomiendan preparar el entorno: tener el premio a mano, usar porciones pequeñas y entrenar en momentos de baja distracción.
Una herramienta útil es el “marcador” (una palabra breve como “¡bien!” o un clicker) dicho justo al instante de la conducta correcta. Ese sonido actúa como puente: marca el acierto aunque el premio llegue una fracción después.
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La regla no implica rigidez, sino consistencia. A medida que la conducta se consolida, el refuerzo puede variar y espaciarse, pero el marcador —y la claridad del mensaje— siguen siendo clave.
En entrenamiento, tres segundos pueden ser la diferencia entre un perro obediente y uno confundido.