En primer lugar, la mascota ofrece una presencia sin juicio. A diferencia de una conversación humana, el intercambio no viene cargado de evaluación ni de consecuencias sociales.
Eso facilita verbalizar preocupaciones, ordenar ideas y bajar la intensidad de la rumiación, ese loop mental que suele acompañar la ansiedad. Poner en palabras lo que se siente —aunque el interlocutor no responda con lenguaje— ayuda a clarificar emociones y a reducir la sensación de caos interno.
También interviene el cuerpo. La interacción con animales se ha vinculado en distintas investigaciones con señales de relajación (como la disminución de estrés percibido) y con la activación de vínculos de apego.
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No se trata de “curas” milagrosas, sino de micro-efectos que, repetidos, pueden sostener el ánimo: acariciar, mirar y hablar genera una rutina afectiva que ancla el presente, similar a ciertos ejercicios de mindfulness, pero más espontánea.
Recordatorio de autocuidado
Hay además un componente práctico: hablarle a la mascota estructura el día. Nombrar acciones (“vamos a salir”, “es hora de comer”) y narrar lo que ocurre crea orden, especialmente útil en momentos de soledad, duelo o trabajo remoto.
Ese guion cotidiano puede funcionar como recordatorio de autocuidado: si saco al perro, camino; si lleno el plato, organizo horarios; si le hablo con calma, a veces me hablo con más calma a mí.
Los especialistas suelen advertir un matiz importante: que sea saludable depende de si suma o reemplaza.
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Hablar con una mascota puede complementar vínculos humanos y estrategias terapéuticas, pero no debería convertirse en la única vía de desahogo cuando hay síntomas persistentes —insomnio, tristeza profunda, ataques de pánico, consumo problemático—. En esos casos, pedir ayuda profesional sigue siendo clave.
Mientras tanto, en lo cotidiano, esa charla aparentemente unilateral tiene una lógica: en un mundo ruidoso, un confidente de cuatro patas puede ser una forma simple de volver a respirar.