Desde hace tiempo, el pequeño es víctima de burlas por parte de sus compañeros. Sin embargo, fue hace unos días cuando todo se volvió insostenible. Entre lágrimas, el niño le dijo algo que le rompió el alma: ya no quiere ir a la escuela.
“Todo explotó cuando mi hijo me dijo, llorando, que ya no quiere ir más. Los padres y maestros tienen que enseñar a los chicos a tener empatía y no maltratar a sus compañeros”, relató.
El niño nació con mielomeningocele y, desde sus primeros días de vida, ha tenido que luchar. A los tres días de nacido pasó por su primera cirugía, y con los años ya suma más de nueve intervenciones. También padece de pie bot y una insuficiencia renal que lo obliga a cuidados permanentes.
Pero el mayor dolor hoy no está en su cuerpo, sino en su corazón. Según su madre, las burlas comenzaron el año pasado, pero este 2026 se intensificaron.
En una de las situaciones más dolorosas, un compañero revisó su mochila, donde guarda sus elementos personales como la sonda y toallitas húmedas, exponiéndolo a una profunda humillación frente a otros.
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Intervención tardía
Recién ahora, asegura, los directivos de la institución educativa están tomando intervención.
La mujer hizo un pedido claro: que los padres enseñen empatía en casa. “Los niños no nacen discriminando”, dejó entrever, apelando a la conciencia de toda la comunidad.
A pesar de las dificultades, ella no se rinde. La escuela a la que asiste su hijo es la más cercana y no cuenta con movilidad para trasladarlo a otra institución. Por eso, tomó una decisión que cambió su vida: dejó de trabajar entre semana para poder acompañarlo todos los días.
Hoy, se convierte en su sostén dentro del aula. Sin poder pagar una maestra sombra, es ella quien cumple ese rol. Lo cuida, lo asiste y lo contiene.
Cada jornada está marcada por el esfuerzo. Debe cambiarlo al ingresar y regresar nuevamente horas después para realizarle el sondaje que necesita cada tres horas.
“Mi hijo quiere estudiar no le puedo negar la educación, es su derecho. A pesar de su condición, él lucha y se esfuerza”, expresó.
Su hijo no pide nada extraordinario. Solo quiere aprender, compartir, sentirse parte. Quiere ir a la escuela sin miedo.
Esta historia no solo expone el sufrimiento de un niño, sino también el amor inquebrantable de una madre que lo deja todo por él. Y, al mismo tiempo, deja en evidencia una deuda pendiente: construir escuelas donde la inclusión no sea un discurso, sino una realidad.
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