Cada inicio de año trae consigo una pregunta que muchas veces incomoda, pero que siempre vale la pena hacerse: ¿Qué tipo de empresa estamos construyendo realmente?
En la mayoría de las organizaciones, la planificación estratégica sigue un modelo conocido y aceptado. Nos sentamos frente a hojas de cálculo y definimos KPIs, proyecciones de ventas, metas de productividad, rentabilidad esperada y estrategias de expansión. Todo parece ordenado, lógico y medible. Sin embargo, esa planificación suele mostrar solo la parte más visible del negocio.
Porque lo que verdaderamente sostiene esos resultados no siempre aparece en un Excel.
Detrás de cada indicador cumplido —o no— existe una red de personas, conversaciones, hábitos, creencias y formas de relacionarse que hacen posible (o imposible) el logro de los objetivos. Eso que llamamos cultura organizacional no es un concepto abstracto ni “blando”: es la manera cotidiana en que la gente trabaja, decide, se equivoca, aprende y se compromete.
Por eso, hoy más que nunca, es necesario humanizar la planificación estratégica. No se trata de abandonar los números, sino de complementarlos con aquello que no siempre se mide, pero impacta profundamente en los resultados: el clima laboral, la calidad de las relaciones, el aprendizaje colectivo y el nivel de compromiso de los equipos.
Planificar desde lo humano implica animarnos a sumar nuevas preguntas a la estrategia, como por ejemplo:
- ¿Cómo queremos que se sienta nuestro equipo este año?
- ¿Qué tipo de conversaciones queremos que sean posibles dentro de la organización?
- ¿Qué hábitos culturales necesitamos consolidar para crecer?
- ¿Y cuáles debemos erradicar porque ya no nos sirven?
Cuando una empresa incorpora este tipo de reflexiones, no se aleja del negocio. Al contrario, se acerca a una forma más sostenible, realista y coherente de alcanzar sus metas.
Humanizar la estrategia significa definir objetivos más vivos, es decir, construir relaciones laborales saludables, generar ambientes de confianza, pertenencia, y desarrollar equipos que aprendan, evolucionen y se adapten. Y esto, lejos de ser un deseo abstracto, puede y debe traducirse en indicadores concretos.
En la práctica, vemos organizaciones que empiezan a medir el nivel de confianza en los equipos, la calidad del feedback, la evolución del liderazgo o la percepción de bienestar laboral, utilizando la voz de los propios colaboradores como insumo clave. Otras incorporan objetivos de aprendizaje organizacional, donde las personas evalúan cuánto aprendieron de los errores y fracasos, entendiendo que allí también se construye el crecimiento.
Incluso, indicadores de cultura —como índices de rotación saludable, comunicación interna franca o frecuencia de conversaciones de feedback— se vuelven cada vez más relevantes para anticipar riesgos y fortalecer el desempeño.
Porque lo que una empresa factura y gana no es solo consecuencia de sus productos, su marketing o sus ventas. También es resultado de lo que se dice en los pasillos, de cómo se resuelven los conflictos y, sobre todo, de lo que las personas sienten cuando comienza la semana laboral.
Planificar con enfoque humano no es ingenuo ni “blando”. Es una ventaja competitiva real.
Y todo empieza con una decisión clave: ¿Qué queremos que sea distinto este año en nuestra forma de liderar?
*Directora ejecutiva de Great Place To Work Paraguay.