La mezcla de disciplina fiscal, baja productividad y el débil empoderamiento ciudadano tienen a Paraguay en un estado crítico según el IMD.
En el Informe de Prosperidad IMD 2026 (elaborado por el Centro de Competitividad Mundial de una de las escuelas de negocio para prestigiosas del mundo con base en Suiza) califica al país con B2 por su equilibrio relativo y su maroeconomía envidiable, pero deja claro que su gran lastre es la dinámica de gestión.
Chile, Uruguay y Costa Rica (calificados con A), emergen como modelos de resiliencia gracias a su equilibrio entre gobernanza y productividad. Por el contrario, el potencial económico de México y Perú se ha frenado por una captura del Estado que impide la distribución de la riqueza.
La estabilidad macroeconómica paraguaya por sí sola no logra romper las barreras de la desigualdad estructural, la falta de innovación empresarial y una productividad estancada actúan como el techo de cristal que impide al país saltar a la liga de prosperidad regional que logran Costa Rica, Chile y Uruguay.
El crecimiento sin distribución es un riesgo latente
La complacencia es el mayor enemigo del boardroom latinoamericano, según el estudio del IMD. Mientras los gobiernos celebran rebotes porcentuales en el Producto Interno Bruto (PIB) e invierten recursos en giras internacionales para promocionar el país y capturar inversión, el Informe arroja una cruda realidad: la región no está despegando, está atrapada en una meseta de desajustes estructurales y baja productividad.
América Latina opera bajo una paradoja donde avances aislados en digitalización o estabilidad macroeconómica son neutralizados por instituciones frágiles y una dinámica de gestión empresarial que se ha convertido en el principal cuello de botella de la región.
La coherencia que destaca a tres países
Chile (A1), Costa Rica (A1) y Uruguay (A2) demuestran que la prosperidad no es una cuestión de escala geográfica, sino de equilibrio institucional.
Estos países han logrado lo que el informe denomina “configuraciones equilibradas”, donde el rendimiento económico se alinea con el empoderamiento social y la seguridad jurídica.
Uruguay se consolida como el bastión de la estabilidad, con un IDH de 0.862 y una democracia plena que garantiza una previsibilidad política envidiable para el flujo de inversión extranjera.
Por su parte, Chile, pese a las tensiones sociales de años anteriores, mantiene un mercado de capitales con una profundidad financiera única: 437 empresas cotizando en bolsa, superando incluso a gigantes como Brasil en términos per cápita.
Costa Rica, tras ser recalificada como país de ingresos altos por el Banco Mundial en 2025, ha capitalizado el ROI verde. Su estrategia de sostenibilidad no es solo filantropía; es un imán para inversiones alineadas con estándares ambientales globales, logrando la mayor productividad global de la región.
El fracaso de la distribución en México y Perú
El contraste es alarmante cuando analizamos a las economías que, a pesar de sus ventajas competitivas, operan bajo “configuraciones incoherentes”.
México es el caso más frustrante según el informe del IMD. En pleno boom del nearshoring, con expectativas de inversión que superan los US$ 48.000 millones, el país se autosabotea.
La reforma al Poder Judicial ha inyectado una volatilidad jurídica que obliga a los directivos a replantear sus planes de expansión a largo plazo. El resultado es una prosperidad que se queda en la frontera norte, exacerbando una fractura regional donde el sur permanece ajeno a la modernización tecnológica.
Perú, por su parte, es el retrato de la esquizofrenia económica. Con reservas internacionales que superan los US$ 90.000 millones, el país vive un estancamiento social crítico. La informalidad laboral asfixia a más del 70% de la población, y el subempleo afecta al 43% de la PEA.
¿De qué sirve una macroeconomía de primer mundo con una gestión pública deficiente?
La disrupción digital de El Salvador y fragilidad institucional
El modelo salvadoreño, según el IMD, presenta una apuesta agresiva por la seguridad pública y la tokenización de activos. Aunque ha logrado dinamizar el consumo y atraer plataformas de inversión digital, el IMD advierte que este crecimiento (proyectado en 3.5%) es frágil.
La debilidad en los controles institucionales (baja calificación en gobernanza) sugiere que, sin una profesionalización de la gestión pública y una mayor transparencia, el milagro salvadoreño corre el riesgo de ser un ciclo coyuntural y no una transformación estructural.
Paraguay: entre la macro envidiable, la baja competitividad y el pobre empoderamiento social
En el centro de este análisis, Paraguay emerge como el mercado que está haciendo los deberes macroeconómicos, pero que enfrenta pruebas complejas.
Sin embargo, el informe IMD califica su empoderamiento social con un B2 y las dinámicas de gestión con un C1, encendiendo las alarmas.
Además del 62% de informalidad laboral (similar al Perú), Paraguay corre el riesgo de convertirse en una economía de enclave: moderna y atractiva para el capital extranjero, pero incapaz de generar una clase media robusta que sustente el consumo interno a largo plazo.
La reciente creación de la Superintendencia de Jubilaciones y la Ley del Servicio Civil son pasos necesarios, pero la integridad gubernamental sigue siendo el eslabón débil.
El default en innovación paraguaya
En términos numéricos, la evaluación del IMD gira desde si un país es líder (rango A), si está en una meseta de estabilidad (rango B) o si presenta riesgos estructurales (rangos C y D) que afectan el retorno de inversión y la seguridad operativa.
Tomando en cuenta estos puntajes, el perfil de Paraguay en el informe se ubica en la calificación B2, con buen desempeño macroeconómico pero con el riesgo de naufragar por su complacencia.
Con una calificación de A2 en gobernanza e instituciones, el país presume de una disciplina fiscal saludable: una deuda pública contenida (41,7% del PIB) y una carga tributaria que representa el escenario ideal para cualquier stakeholder.
Sin embargo, este ecosistema se desmorona al analizar sus dinámicas de gestión donde obtiene un C1. La desconexión es alarmante: mientras el PIB real crece a un robusto 4,4%, el gasto en I+D es vergonzante 0,1% y la densidad de nuevas empresas (0,7), casi inexistente frente a la media regional.
Paraguay ha logrado el grado de inversión en sus cuentas públicas, pero sigue en deuda en innovación y sofisticación operativa. Para los tomadores de decisión del país, el mensaje es claro: ser un refugio fiscal no garantiza prosperidad si la productividad global sigue rezagada.
La producción local se apoya en un modelo de baja complejidad que ya no es suficiente. Sin una disrupción real en la profesionalización de la gestión y un empoderamiento social (B1) que ataque la informalidad, el país seguirá siendo una envidia macroeconómica, pero con peligrosos raudales que se pueden llevar todo.
El retorno de inversión (ROI) ya no se mide solo en el estado de resultados. El verdadero diferencial competitivo es la estabilidad del entorno social e institucional. Ignorar la falta de distribución de la prosperidad no es solo un problema social; es una mala decisión de negocios.
Solo si el Gobierno y las empresas comprenden que la coherencia es el nuevo capital lograrán romper el techo de cristal de la problemática que describe el IMD.