Mujeres que sostienen la economía diaria en Paraguay

La jefatura de hogar implica, en la práctica, gestionar ingresos, gastos, deudas, consumo básico, educación, salud, alimentación y cuidados de manera cotidiana.

Las cifras de empleo, jefatura de hogar, autoempleo y trabajo de cuidado no remunerado trazan un mapa consistente donde las mujeres son una pieza estructural de la economía paraguaya, aunque la brecha salarial, la subocupación y la carga doméstica desigual siguen condicionando su autonomía.

Hay datos que no necesitan efeméride para hablar, como sucede en el Día de la Madre. La jefatura femenina de más de un tercio de los hogares paraguayos, la participación de las mujeres en casi la mitad de la fuerza laboral, su peso en los sectores que ordenan el consumo cotidiano y las decenas de horas semanales de trabajo doméstico y de cuidado que no aparecen en ninguna planilla salarial, son índices más que suficientes para destacarse por sí solos.

Juntos, esos números componen una imagen que excede cualquier campaña comercial de temporada y exige una lectura más larga y más honesta respecto a la realidad en el país. Los registros del Instituto Nacional de Estadística (INE) sostienen esa imagen con suficiente detalle como para que no haga falta forzarla.

Prácticamente 6 de cada 10 personas subocupadas a nivel país son mujeres.

Hogares bajo gestión femenina

Según la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) 2024, en Paraguay existen aproximadamente 1,4 millones de madres, distribuidas en un 63,6% en zonas urbanas y un 36,4% en áreas rurales. Pero el dato más notorio no es cuántas son, sino cuántos hogares administran, ya que el 35% de los hogares del país tiene a una madre al frente. El Censo Nacional de Población y Viviendas 2022 amplía ese marco, donde de los 1,7 millones de hogares registrados en todo el país, el 41% declaró contar con jefatura femenina. La EPHC 2025 sitúa esa proporción en 38,5% para las mujeres de 15 años y más.

Todas estas cifras, de diferentes periodos y metodologías diversas, convergen en una conclusión difícil de ignorar: casi cuatro de cada diez hogares paraguayos tiene a una mujer como referente económico del núcleo familiar. Esta es parte de la historia e idiosincrasia paraguaya desde hace más de un siglo.

Esa jefatura implica, en la práctica, gestionar ingresos, gastos, deudas, consumo básico, educación, salud, alimentación y cuidados de manera cotidiana. Es una función económica real, y que rara vez se la nombre como tal es, en sí mismo, parte del problema.

Del hogar al mercado laboral

La presencia femenina no se detiene en la puerta del hogar. De acuerdo con la EPHC 2025, las mujeres representan el 49,8% de la población paraguaya —3,1 millones de personas— y, entre las de 15 años y más, 1,4 millones están ocupadas, con una tasa de ocupación del 60,8%. El primer trimestre de 2026 registró 1.358.704 mujeres ocupadas, equivalentes al 42,4% del total de ocupados del país.

Lo relevante no es solo el volumen, sino la distribución que se da sectorialmente. En ese trimestre, las mujeres ocupadas se concentraban en servicios comunales, sociales y personales —527.004 trabajadoras— y en comercio, restaurantes y hoteles —434.664—. Dos sectores que no son marginales en la economía paraguaya, más bien sostienen la vida cotidiana urbana, la atención al público, la venta, la alimentación y el consumo de proximidad.

Acompañando esta premisa, el Directorio General de Empresas y Establecimientos 2025 registró 497.675 empresas activas con RUC y confirmó que justamente el sector de comercio y servicios concentran el 87% de los establecimientos del país. Los segmentos donde trabaja la mayoría de las mujeres ocupadas son también los que estructuran gran parte del tejido empresarial nacional.

De acuerdo con la EPHC 2025, las mujeres representan el 49,8% de la población paraguaya y, entre las de 15 años y más, 1,4 millones están ocupadas, con una tasa de ocupación del 60,8%.

Cuenta propia y empleo cotidiano

La composición por categoría ocupacional permite afinar la lectura y entender mejor la radiografía. Según la EPHC 2025, el 31,3% de las mujeres ocupadas era empleada u obrera privada; el 29,6% trabajaba por cuenta propia; el 15,9% en empleo doméstico; el 12,9% en el sector público; el 7,2% como trabajadora familiar no remunerada, y el 3,1% como empleadora o patrona.

En términos absolutos, el primer trimestre de 2026 registró 411.782 empleadas privadas, 418.980 trabajadoras por cuenta propia, 202.947 en empleo doméstico y 45.221 empleadoras. A eso se suman 107.096 trabajadoras familiares no remuneradas: personas que participan activamente en una unidad económica sin percibir salario individual, una categoría que hace visible la actividad sin hacerla tangible en ingresos.

Por ende, el peso del autoempleo merece atención específica. Casi 419.000 mujeres generan sus ingresos fuera del empleo asalariado formal, en actividades independientes, pequeños negocios, oficios o servicios de baja escala. No todas operan como empresarias consolidadas; en muchos casos, el autoempleo es la salida disponible ante un mercado laboral que no absorbe o que ofrece condiciones insuficientes o limitadas. Pero representa, en cualquier lectura, una parte sustancial del ingreso femenino en Paraguay.

Más educación, menos salario

La EPHC 2025 también muestra que el ingreso laboral promedio mensual de las mujeres ocupadas fue de G. 2.767.000, frente a G. 3.640.000 en los hombres. Para el tercer trimestre de 2025, los datos más recientes del INE registran G. 2.900.000 para mujeres frente a G. 3.400.000 para hombres, lo que representa una diferencia de G. 500.000 mensuales que, si bien es menor en 33% que la que superaba los G. 750.000 en años anteriores, confirma que la desigualdad salarial entre hombres y mujeres sigue siendo una característica del mercado laboral paraguayo.

La brecha tiene un agravante que los promedios salariales no muestran directamente, ya que las mujeres paraguayas estudian en promedio 1,1 años más que los varones y aun así perciben cerca de G. 800.000 menos en espacios de mayor exigencia académica. Mayor formación no siempre se traduce en mayor retribución, y esa disociación revela que el problema no es de calificación sino de las condiciones estructurales en las que las mujeres se insertan al mercado.

La brecha de género en ingresos se profundiza en el área rural, donde las mujeres perciben apenas el 56% de lo que ganan los hombres, y entre los trabajadores independientes, donde esa proporción también cae en torno al 56%.

El Atlas de Género del INE agrega otro dato crítico: en 2024, el 31,73% de las mujeres de 15 años y más no contaba con ingresos propios, frente al 9,64% de los hombres. La autonomía económica no depende únicamente de cuántas mujeres trabajan, sino también de cuánto ganan, en qué condiciones lo hacen y si disponen de recursos propios para decidir sobre su vida y su hogar.

El primer trimestre de 2026 suma otra capa. La subocupación por insuficiencia de tiempo —personas que trabajan menos de 30 horas semanales, quieren trabajar más y están disponibles para hacerlo— afectó a 131.483 personas ocupadas; el 62,2% eran mujeres. Una parte relevante de la inserción laboral femenina ocurre en los márgenes del mercado, es decir, hay actividad, pero también necesidad estructural de más horas e ingresos.

De acuerdo con la EPHC 2025, las mujeres representan el 49,8% de la población paraguaya y, entre las de 15 años y más, 1,4 millones están ocupadas, con una tasa de ocupación del 60,8%.

La economía que no pasa por caja

El trabajo no remunerado es el indicador que más cuesta ver porque no genera salario ni aparece en ninguna planilla, pero ayuda a deducir buena parte de lo que sí aparece. La Encuesta de Uso del Tiempo de 2016 muestra que las mujeres dedicaban 18,31 horas semanales al trabajo doméstico no remunerado, frente a 5,32 horas en los hombres. En actividades de cuidado a integrantes del hogar, la diferencia se estrecha pero no desaparece, con 12,89 horas en mujeres frente a 7,51 en hombres.

La brecha se agudiza ante la presencia de niños pequeños. En hogares con menores de 5 años, las mujeres destinaban 35,10 horas semanales al trabajo no remunerado, mientras los hombres aportaban 14,90. Si bien son cifras de una década atrás, no existe evidencia sólida que indique una reversión significativa de esa tendencia.

Ese tiempo permite que otros trabajen, estudien, descansen o consuman. El cuidado de niños, personas mayores y enfermos, la alimentación, la limpieza, la organización doméstica y el acompañamiento escolar son funciones económicas reales que operan fuera del mercado pero lo sostienen desde adentro. Si esa carga recae de manera desigual sobre las mujeres —y los datos muestran que sí—, también condiciona de manera desigual su trayectoria laboral, su ingreso y su capacidad de decisión.

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