La primera película rodada enteramente en IMAX de 70 milímetros causó impacto desde su preestreno, al dejar fuera a los influencers de esta etapa, rompiendo las reglas del marketing de Hollywood. El Telegraph calificó como “el filme del año”, The Times como “una obra maestra” y el Standard como “una obra colosal”.
La conversación del tema se instaló. Y en medio del ruido, con defensores y detractores de Nolan, hay una lectura que no se ha hecho: La Odisea de Nolan no es solo un relato de aventuras, es un manual completo de marca: identidad, propósito y raíces.
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Volver a las raíces
Odiseo no vuelve a Ítaca para reinventarse luego de su toma estratégica de la ciudad con el Caballo de Troya. Vuelve para abrazar su identidad. Se disfraza de mendigo, sí, pero para proteger lo esencial: lo reconocen solo Argos, su perro, y la nodriza Euriclea, por una cicatriz que nunca se borró.
En la misma conversación que genera un estreno como este, algunas marcas cometen el error inverso: ante un crisis o en cada intento de innovar, cambian fácilmente de identidad visual, de tono, de logo, y hasta de promesa de valor.
Ítaca no es un destino, es un propósito
Durante 10 años Odiseo persigue volver a ser quien era antes de la guerra luego de un largo camino de reflexión. Y ahí está el error más común en comunicación corporativa: confundir el propósito o las raíces con el eslogan de temporada.
El propósito no se lanza de campaña en campaña; se sostiene en cada acción en cada mensaje: en cómo se trata a un proveedor, cómo se comunica un despido, cómo se cumple la promesa al usuario, cómo se anuncia el éxito o se responde a la crisis de temporada.
El peligro de perder la identidad
Calipso no encierra a Odiseo con cadenas: lo retiene con una vida que parece mejor que la suya. Le ofrece inmortalidad, comodidad, una isla sin conflictos y borra la memoria de Ítaca con flor de loto. Y ahí está el peligro: una versión anestesiada de la identidad, tan cómoda que uno deja de extrañar quién era.
En comunicación corporativa esto ocurre cada vez que una marca se deja seducir por una tendencia fuera de su ADN, una conversación de la que no es parte por su cultura, una estética ajena o un mercado nuevo que promete crecimiento fácil, y termina adoptando un lenguaje, un tono o unos valores que no son los propios.
No hay crisis visible: solo una identidad que se diluye de a poco, hasta que el público ya no reconoce a quién le está hablando. Odiseo necesitó voluntad y de los dioses para dejar la isla y volver a su identidad.
Primero raíces sólidas luego evolución
El mayor riesgo de una superproducción como esta y de cualquier transformación de marca es querer innovar antes de saber qué no se debe tocar. Evolucionar sin raíz es perder la identidad, un salto al vacío.
La innovación más audaz no niega la raíz (tu propósito, tu para qué): se apoya en ella para ir más lejos. Toda estrategia que empieza por el rebranding construye su imagen sobre un mapa equivocado.
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Qué propongo
Primero: auditar la identidad que el público reconoce sin necesidad de explicación.
Segundo: del propósito a hechos, el propósito se demuestra, luego se declara.
Tercero: instalar indicadores que impidan que el discurso vaya más rápido que la gestión.
Cuarto: secuenciar la evolución, primero la raíz después el cambio sobre ella.
*Consultor en Comunicación Estratégica