Este Mundial nos dejó, sin querer, la estructura completa de cómo se teje la identidad, el sentido de pertenencia y el orgullo nacional.
De adentro hacia afuera
Todo empieza por la identidad, de ella depende lo demás. Eliminar a Alemania en penales o sostener casi setenta minutos sin gol ante Francia no fue un golpe de suerte: fue la consecuencia visible de una conversación interior posibilitadora que forjó una identidad, luego de una caída. En comunicación lo repetimos hasta el cansancio: la identidad no se diseña para un evento o una campaña publicitaria, se revela en él. Y la Albirroja lo hizo.
Sobre esa identidad se proyecta la imagen: la lectura que el otro hace de nosotros a partir de lo que hacemos y decimos. Hasta hace poco, la imagen de Paraguay era la del rival cómodo. Este Mundial resignificó esa lectura en tiempo real: prensa internacional, rivales y comentaristas empezaron a describirnos como un equipo incómodo, difícil de descifrar. Eso es gestión de imagen en su forma más pura: no se logró con relaciones públicas, sino con noventa minutos de evidencia (storydoing).
Y encima de la imagen se consolida la reputación, el piso más lento y el más valioso: lo que queda cuando la identidad y la imagen son coherentes y se sostienen en el tiempo, pasando de un storytelling para volverse la historia misma (storyliving). Paraguay alcanza reputación mundial, vuelve a los 16 años y el desafío es sostenerla.
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Del sentido de pertenencia al orgullo
Ninguna de esas tres capas explica lo que pasó en las calles paraguayas tras la eliminación. Ahí entra el sentido de pertenencia: la gente no festejó el resultado, festejó reconocerse en la narrativa Albirroja, en la garra guaraní de sus huestes.
Cuando un colectivo ve reflejada su propia manera de ser, deja de mirar el partido desde afuera y empieza a vivirlo desde adentro, se apropia (storybeing). De ese reconocimiento nace el orgullo, que no es lo mismo que el triunfalismo. El triunfalismo necesita un trofeo; el orgullo solo necesita coherencia entre lo que se hizo y lo que se dijo que se iba a hacer. Por eso Paraguay pudo festejar sin ganar: el orgullo no estaba en el marcador, estaba en el desempeño.
Y todo eso, sostenido en conjunto, produjo cohesión social, quizás el activo más urgente. Empresas, comunicadores, hinchas de clubes rivales, generaciones y regiones distintas compartieron la misma narrativa al mismo tiempo; hasta el propio Presidente se subió a la ola en su informe de gestión. Esa es la función más subestimada de una comunicación efectiva: no vender una imagen hacia afuera, sino tejer un mismo sentido hacia adentro.
Identidad, imagen, reputación, pertenencia, orgullo y cohesión: seis capas, en ese orden, son el esqueleto real de cualquier proceso de una comunicación estratégica, sea de un país, una marca, una organización o una persona. La Albirroja nos regaló, sin proponérselo, un modelo perfecto de cómo se construye.
Nos enseñó algo que la comunicación estratégica repite hace tiempo: primero te la tienes que creer, empoderarte. Después se la creen los demás. Se apropian, la defienden y la amplifican. El mundo entero habló de la resiliencia épica paraguaya.
Creétela, que sí se pudo y sí se puede.
Audiencia mundialista
- 64.000 espectadores promedio en estadio
- 27,5 millones audiencia en el partido inaugural (Fox / Telemundo)
- +221% de interacción digital vs. Catar 2022
- 860 millones de reproducciones
(*) Consultor en comunicación estratégica








