Durante los últimos años, tuve la oportunidad de conversar con empresarios, inversionistas y ejecutivos interesados en desarrollar proyectos en Paraguay. Y hay algo que suele repetirse en casi todas esas conversaciones.
La primera pregunta rara vez es sobre impuestos o costos. Esas respuestas hoy son relativamente fáciles de encontrar. Lo que realmente buscan entender es otra cosa: qué tan preparado está el país para acompañar el crecimiento de una inversión durante los próximos diez o veinte años.
Creo que ahí empieza una discusión mucho más interesante para Paraguay.
Durante mucho tiempo el gran desafío fue atraer capital, era lógico. Un país pequeño necesitaba ganar visibilidad, demostrar estabilidad y construir confianza frente al mercado internacional. En gran medida, ese objetivo se fue alcanzando. Hoy Paraguay aparece con mucha más frecuencia en las conversaciones de empresas que antes ni siquiera lo consideraban dentro de sus planes de expansión.
Pero cuando un país comienza a atraer inversiones de manera constante, la pregunta cambia; y también debería cambiar la forma en que medimos el éxito.
Más que preguntarnos cuánto capital llegó este año, quizás deberíamos empezar a preguntarnos qué economía estamos construyendo con ese capital. No es una cuestión menor.
Una inversión puede generar un impacto importante durante su construcción y desaparecer de las estadísticas pocos años después. Otra, en cambio, puede convertirse en el punto de partida para desarrollar proveedores, formar profesionales, incorporar tecnología y crear nuevas oportunidades de negocio que permanezcan durante décadas.
Desde mi punto de vista, esa diferencia será cada vez más importante para el futuro económico del país. Por eso creo que Paraguay ya no compite únicamente por atraer inversiones. Empieza a competir por algo mucho más complejo: construir una economía capaz de aprovecharlas.
Cuando observo los proyectos que hoy empiezan a ganar espacio —industria, logística, infraestructura, agroindustria, energía o economía digital— veo una oportunidad que va mucho más allá del volumen de inversión anunciado. Veo sectores que pueden conectarse entre sí y fortalecer una estructura productiva mucho más diversificada que la que conocimos durante años.
Ese cambio todavía está en construcción. Quizás por eso no siempre aparece reflejado en los indicadores tradicionales. Pero ya empieza a percibirse en la naturaleza de los proyectos, en el perfil de los inversionistas que llegan al país y en las preguntas que hoy hacen las empresas antes de tomar una decisión.
Porque una vez que la inversión se confirma, los factores que realmente determinan el resultado son otros.
La disponibilidad de talento, la capacidad logística, la infraestructura, la velocidad para ejecutar proyectos, la articulación entre el sector público y el privado, la calidad de los servicios que acompañan a las empresas. En definitiva, todo aquello que permite transformar una buena oportunidad en una operación exitosa.
Por eso, cada vez estoy más convencido de que el mayor desafío de Paraguay ya no consiste únicamente en atraer nuevas inversiones. Consiste en lograr que esas inversiones se conviertan en una plataforma para producir más, innovar más y competir mejor. El volumen de capital seguirá siendo un indicador relevante. Pero, probablemente deje de ser el más importante.
Al final, los países no cambian su historia porque reciben inversiones. La cambian cuando esas inversiones consiguen modificar la forma en que producen, trabajan, exportan y generan oportunidades para las próximas generaciones.
Y esa, a mi entender, es la conversación que empieza a definir el próximo capítulo del desarrollo económico paraguayo.
* Economista | Desarrollador de Negocios.