Nací en Itacurubí del Rosario, cuando muchas posibilidades que hoy parecen normales quedaban lejos del horizonte de quienes crecimos fuera de los grandes centros urbanos.
Mirando atrás, comprendo que varios de mis sueños no nacieron de una ambición excepcional, sino de conocer personas que ampliaron mi manera de mirar la vida.
Mi madre fue mi primera gran inspiración. Después llegaron maestras, profesoras y mujeres que, desde trayectorias distintas —algunas incluso cruzando océanos hasta Paraguay— dejaron huellas que aún conservo.
No todas ocuparon lugares visibles, pero muchas abrieron mundos para quienes pasamos por sus aulas, sus conversaciones o su ejemplo.
Vivir con convicción deja evidencia
Con los años entendí que ninguna buscaba inspirar. No pretendían convertirse en referentes ni dar lecciones sobre la vida. Simplemente vivían de acuerdo con sus convicciones. Y, al hacerlo, dejaban algo más valioso que un consejo: una evidencia posible.
Vivimos en una época que suele asociar el liderazgo con la capacidad de dirigir personas, alcanzar resultados o asumir posiciones de poder. Todo eso tiene valor. Pero cada vez estoy más convencida de que existe una responsabilidad más silenciosa y decisiva: reconocer capacidades antes de que otros puedan reconocerlas en sí mismos.
Ver potencial donde otros ven límites. Ver dignidad donde otros ven carencias. Ver futuro donde otros apenas logran sobrevivir al presente.
Porque nadie puede soñar aquello que no conoce
Esa frase me acompaña desde hace años. La he visto reflejada en comunidades, organizaciones, empresas y proyectos sociales. También en la vida de muchas mujeres que encontraron una oportunidad porque alguien confió en ellas antes de que existieran pruebas suficientes para justificar esa confianza.
Cuando observamos una trayectoria solemos admirar lo visible: los resultados, los cargos alcanzados, los reconocimientos obtenidos. Sin embargo, casi nunca miramos hacia atrás para reconocer a quienes intervinieron antes, cuando todo era todavía frágil, incierto, cuando apenas era una intuición.
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En el mundo empresarial se miden productividad, eficiencia, crecimiento y rentabilidad. La última línea del balance importa y seguirá importando.
Pero también importa la sostenibilidad: la capacidad de proyectarse, escalar y sostener valor en el tiempo. Y nada de eso es posible si el conocimiento y las oportunidades permanecen concentrados en pocas manos.
El conocimiento transforma
Crear escala exige crear el ecosistema que la haga posible: reconocer talentos, desarrollar capacidades y permitir que más personas ingresen al círculo virtuoso del conocimiento.
Cada persona que aprende puede transformar su realidad, producir valor e inspirar a otras. Así, la oportunidad deja de ser un hecho aislado y se convierte en una capacidad que circula.
(*) Miembro de Horizonte Positivo