Hubo una época en que los pasillos de La Misión eran también el patio de juegos de cinco chicos. Cuando sus hijos eran pequeños, María José Samaniego Pascual y su familia tomaron una decisión poco convencional: mudarse a vivir al hotel. Era la forma de estar cerca la familia mientras levantaba un negocio que no da tregua.
“La Misión nació desde cero y fui creciendo con ella”, resume hoy la propietaria y directora del hotel, al mirar 18 años de liderazgo.
Abogada egresada de la Universidad de Buenos Aires, madre de cinco hijos y hotelera por decisión, Samaniego reconoce que cada etapa le dejó una herramienta. El Derecho le dio método y capacidad de análisis. La empresa le enseñó que dirigir exige aprendizaje permanente y perseverancia. La maternidad le regaló paciencia y la certeza de que, con amor, todo es posible.
Su desafío no fue solo abrir un hotel, sino aprender a conducirlo mientras criaba a sus hijos. La capacitación, la lectura, la escucha y el intercambio con otros empresarios fueron decisivos.
Liderar no es hacerlo todo
Hoy La Misión emplea a 64 personas, 39 de ellas mujeres. Para Samaniego, el equipo es el corazón del hotel y, junto con su familia, su mayor logro.
Con los años cambió su forma de entender la gestión empresarial. Comprendió que dirigir no significa concentrar todas las decisiones.“Liderar no es hacerlo todo”.
Delegar, formar personas y fijar responsabilidades claras se volvieron los pilares de una organización pensada para funcionar más allá de quien la fundó.
Crecer sin agrandarse
La estrategia no pasa por ganar tamaño, sino por elevar el valor del negocio. El hotel opera con una ocupación cercana al 76% y una tarifa promedio de US$ 206 la noche.
La visión es conservar la escala de un hotel pequeño y avanzar en calidad, identidad y experiencia.
Para su directora, el gran hito fue transformar una idea en una empresa consolidada y atravesar las crisis sin perder la esencia. El desafío mayor sigue abierto: que La Misión trascienda a sus fundadores.
Una sola mujer
La maternidad nunca corrió por un carril separado. Samaniego no habla de un equilibrio perfecto, sino de uno posible. Hubo renuncias y sacrificios, pero también la convicción de que familia y trabajo no tienen por qué ser mundos enfrentados. “No separo a la madre de la empresaria: soy una sola mujer”, sostiene.
Esa experiencia la lleva a defender una corresponsabilidad real dentro del hogar. En tiempos en que ambos padres necesitan trabajar, criar, sostener la casa y desarrollarse profesionalmente debe ser una tarea compartida.
Animarse primero
A las nuevas generaciones les aconseja conocerse primero, encontrar su pasión, reconocer talentos y límites, capacitarse, escuchar, formar buenos equipos y perseverar. Y no esperar una seguridad absoluta para empezar: muchas veces la confianza llega después de haberse animado.
El propósito, dice, es el hilo que une todos los roles. “Tener claro el propósito como persona, como familia y como profesional o empresario da sentido y fuerzas para asumir desafíos con perseverancia y alegría, incluso en medio del cansancio”.
Después de 18 años, quizá esa sea la enseñanza más profunda de La Misión: crecer no es solo construir una empresa mejor, sino lograr que el trabajo, la familia y la propia vida formen parte de una misma historia con sentido.