Da lástima ver que un municipio que movía cerca de 200 millones de dólares al mes, con miles de jóvenes estudiando y trabajando y enviando dinero a sus padres en diversas localidades del interior de nuestro país, hoy ven terminado el sueño de progresar y se resignan a retornar a sus pagos, con las manos vacías.
La gran pregunta es: ¿podrá esta y todas las ciudades fronterizas reponerse de esta debacle económica o los tiempos de ser la España de Paraguay –como la llamaban a Salto del Guairá– termina para siempre?
El futuro es incierto y como repiten los dirigentes del comercio fronterizo, no se ve una luz al final del túnel. Para colmo de males, ya nadie casi está tan seguro como al principio si tanto sacrificio realmente es necesario, o como muchos ya piensan, el resguardo obligatorio para frenar la pandemia está sirviendo especialmente para que los corruptos consuetudinarios puedan hacer de las suyas.
Salto del Guairá ya sufrió decenas de crisis grandes y medianas porque vive a expensas del Brasil, y vender o dejar de hacerlo está directamente supeditado al humor de los gobernantes de turno, o de la situación económica que vive la gran nación Sudamericana.
Y siempre se repuso sola. Sin embargo, esta vez, la población necesita de la mano del gobierno nacional, porque a diferencia de otras crisis, nunca se cerró la frontera como ahora y tampoco la necesidad era tan grande porque la población era pequeña.
Y, si no encuentran motivos para preocuparse de la población fronteriza, les recordamos a los gobernantes que el pueblo saltoguaireño renunció a sus maravillosas Siete Caídas y, por ende, a su gloria económica, pero en su corta historia, tras reponerse por cuenta propia, aportó mucho más al gobierno que los beneficios recibidos. Salto es una potencia económica, en generación de empleos y de impuestos, solo necesita de una mano mientras dure esta emergencia sanitaria.