Es por lo general una etapa de la vida cargada de actos y conductas que años más adelante serán motivo de bochornosos recuerdos de ese adulto con espíritu ya crítico y personalidad aplomada. O no tanto.
Recuerdo que uno de estos actos sin sentido en esta etapa tan linda y conflictiva de la vida, era el tocar la oreja del compañero de colegio o amigo del barrio, con la intención de desafiarlo y provocarlo para que reaccione, porque nos sentíamos con la suficiente fuerza para enfrentarlo si reaccionaba ante este desafío de bravucones que generalmente era realizado ante otros que servían de testigos de la burla, y de futuro público ante una pelea.
Me vino a la mente esta estúpida forma de provocación, al pensar en la serie de hechos que se vienen registrando nuevamente estos días, como si desde el poder pensasen que tocarle la oreja al ciudadano no va a tener consecuencia alguna.
Son casos que se asemejan a una serie de desafíos hacia el ciudadano que esforzadamente sobrevive en medio de esta crisis sanitaria que se transformó también en económica para miles de hogares paraguayos en los que se perdieron vidas y fuentes de trabajo.
Allí por ejemplo están las bonificaciones que se siguen pagando con dinero público a la burocracia, mientras que micro, pequeñas, medianas y grandes empresas privadas tienen que ajustarse los cinturones o directamente cerrar sus puertas por la falta de actividad económica en un año que vuelve a ser nuevamente tan o más difícil que el año pasado.
Fue también una semana en la que los directores paraguayos de las binacionales se mostraron reacios a permitir el ingreso de la Contraloría General de la República para auditar la ejecución de gastos realizados por estas empresas que son también de propiedad del estado paraguayo, pero cuyos empleados asignados a su administración se consideran virreyes intocables y por encima del orden jurídico nacional.
Fue una semana en la que algunos funcionarios del gobierno volvieron a amenazar con más restricciones que terminarán castigando a quienes trabajan formalmente, mientras seguimos viendo todos los días colectivos viajando llenos y sin ningún tipo de control, y fiestas a las que el adjetivo de clandestinas les queda exagerado, considerando la notoriedad con la que se realizan y promocionan.
Terminamos una semana en la que tampoco hubo castigos para los vacunados privilegiados y sus vacunadores. Allí tenemos por ejemplo el caso del parlasuriano Celso Troche, quien apela a la vieja ley del ñembotavy para intentar hacer pasar su vacunación irregular, apostando a que algún otro escándalo nos sumerja en la amnesia colectiva sobre su proceder absolutamente insultante para quienes hoy en su rango de edad (67 años) siguen esperando que el Ministerio de Salud les habilite la posibilidad de recibir una vacuna contra la enfermedad que genera este maldito coronavirus.
Y a propósito. Fue una semana en la que también fue desesperanzador ver cómo se aplican lentamente las escasas vacunas que tenemos, que nos convierten en uno de los países con los más bajos porcentajes de vacunación de la población en toda Latinoamérica, para terminar de entender por qué la llegada de unas exiguas 40 mil dosis el viernes pasado, se convirtió en una de las principales noticias del día.
Mientras esperamos que lleguen más vacunas, y que el ministerio de Salud reduzca a la edad para acceder a las dosis, surgen dolorosas preguntas que llegan hasta el alma: ¿cuántos de los más de siete mil cuatrocientos muertos que ya tenemos se habrían podido salvar si eran vacunados a tiempo? y ¿quién se hará cargo de estas muertes que pudieron perfectamente haber sido evitadas con una mejor gestión para la obtención de vacunas?
Por ahora, nos siguen tocando la oreja.