El miedo es una sensación normal y natural que nos ayuda a defendernos de los peligros. Se origina en la zona más antigua del cerebro que es el sistema reptiliano donde se alberga también el hambre, el apetito sexual, el frio y la violencia. Una dosis aceptable del miedo es buena para la salud en general pero dicen los científicos de las neuronas que el ser humano no está diseñado para vivir asustado, menos en pánico. Nadie puede negar la realidad, sostienen, pero contamos con recursos para hacer frente a ella.
Nuestro sistema inmunológico al igual que otras partes del organismo se ven seriamente afectados por esa emoción que paraliza y que nos vuelve impotentes. La amígdala (que se halla en el cerebro y es como una nuez) se activa y anula la parte frontal o sea la neo corteza donde están la razón, la inteligencia y la decisión.
El stress, es un término acuñado por el doctor Hans Seyle allá por 1930. Este médico húngaro consideraba que existía un stress positivo y otro negativo. El primero, nos ayuda a rendir mejor en el trabajo y el estudio, con la liberación moderada del cortisol mientras el segundo causa presión y tensión al cuerpo pudiendo ser origen de varias enfermedades. Problemas de digestión, falta de sueños, disfunciones sexuales, dolores de cabeza, disminución de memoria y dificultad para concentrarse, entre otros, son síntomas de stress.
El médico español Santiago Ramón y Cajal que ganó el Nobel de medicina en 1906 sostenía que “el ser humano puede ser escultor de su propio cerebro si se lo propone”. Mucho tiempo antes de que las neurociencias entren en auge, el ya lo presagiaba. Todo está en la mente. Calmar el ruido interior, detenernos a mirar la naturaleza, sanar las emociones, comer sano, hacer ejercicios físicos y evitar un miedo exagerado y un stress negativo. No hemos pedido esta situación, pero la tenemos que afrontar sacando lo mejor que llevamos dentro y es la esperanza, la empatía, la resiliencia y el amor.