Vox populi, vox Dei

En la que se cree sería la acepción original de esta expresión latina, que literalmente traducida es “la voz del pueblo, es la voz de Dios”, y cuyo significado sería algo así como “la opinión popular de la gente ordinaria revela la voluntad de Dios y debe obedecerse”, y también denota que, sean o no acertadas, las creencias populares se imponen por su fuerza irresistible, y no es de prudentes oponerse a ellas.

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También se usaba para sugerir la naturaleza providencial de ciertas decisiones tomadas por consenso o aclamación, donde sobre aquellos que decidían, aparentemente se cernía el aura del Espíritu Santo, lo que confería una validez sobrenatural a la consideración de la santidad o elección de ciertos cargos.

Siglos más adelante, Alcuino de York recibía una nota de Carlomagno en la que el carismático franco, quien llegaría a conquistar para engrosar su ya gigantesco imperio - además de satisfacer su no menos pequeño ego- un territorio vastísimo dentro del cual el cristianismo ejercería una influencia y repercusión tales que usos y costumbres sobrevivirían hasta nuestros tiempos, se refería igualmente a las elecciones o decisiones provenientes de las masas, pero esta vez en términos peyorativos cuando afirmaba “Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”.

La vida de un soldado de los ejércitos de Carlomagno valía, mal que les pese, muy poco, siendo sin embargo mucho más valiosa que la de un esclavo, a quien el amo podía matar por mero capricho. Afortunadamente, vivimos en tiempos diferentes en los que el republicanismo democrático nos pone a todos los ciudadanos en un plano de igualdad ante la ley, por lo menos en lo que hace a la decisión unilateral de elegir libremente a los que han de gobernarnos. En ese sentido, son iguales el rico y el pobre, el cultivado y el ignorante, el hombre de campo como el de la ciudad; la maravilla de esta igualdad reside en que el voto depositado por cada ciudadano vale lo mismo, y su sexo, estado civil o cuenta bancaria no hacen que valga ni más ni menos, y está habilitado a depositarlo siempre y cuando no pese una restricción legal sobre él, restricciones éstas que están taxativamente mencionadas en la ley. En otras palabras, con algunas pequeñísimas excepciones, el día de las elecciones “todos somos iguales bajo el sol”.

El domingo pasado, millones de paraguayos empadronados tuvimos el derecho (y obligación, aunque mientras la misma no sea ejercida en forma coercitiva o esté sujeta a penalidades aparentemente no va a cumplirse), a elegir en forma electrónica y transparente entre 831 candidatos a Intendente a los 259 que ocuparán el Ejecutivo Comunal en sus ciudades y distritos, y también entre nada más y nada menos que 15.535 candidatos a los Concejales que acompañarán a los primeros, de los cuales “solamente” quedaron en pie al final de la jornada 2.781. Es bueno refrescar en esta parte la memoria para recordar que el periodo de mandato es de 4 años y que Asunción como Capital del país es la única ciudad con 24 Concejales, los Municipios o distritos se determinan por su población como de 1era y 2da, con derecho a 12 Concejales, mientras que los Municipios de 3era tendrán 9. Bueno, un no tan pequeño ejército de asalariados –muy bien pagados- con el dinero de los contribuyentes, emolumento éste al que se sumarán dietas y otras regalías para hacer más apetecibles los cargos en cuestión.

Para tranquilidad de todos, un hermoso clima acompañó el ambiente electoral mayormente calmo, en el que –salvo las excepciones de rigor- no se elevaron ni la temperatura del ambiente ni la de los sufragantes. Divertidos, un par de ciudadanos asuncenos observamos a un perrito de raza indefinida recorrer el local de votación al que acudimos, pensando que seguramente el can en cuestión había eludido el correcto control de acceso y probablemente también el lavado de manos con posterior rociado de alcohol.

En determinado momento, una Diputada bastante ofuscada exigía a los gritos la presencia de la prensa y Fiscalía, pero cuantos estuvimos allí vimos que no ameritaba tal show y que buscaba principalmente protagonismo. Las cámaras de televisión captaron también incidentes en una localidad del interior donde miembros de facciones diferentes se trenzaron en varonil contienda pugilística (vulgo: se moquetearon de lo lindo). Pero en líneas generales se cumplió el espíritu de la ley: Acudimos en forma voluntaria a votar, lo hicimos por nuestros medios o eventualmente ayudados por un acólito que nos transportó (que nadie se piche por esto), las urnas electrónicas funcionaron bien, nadie nos obligó a votar o a dejar de hacerlo, ni tampoco nos obligaron a elegir a determinado candidato, en el cuarto oscuro, fuimos solo nuestra conciencia y nosotros.

La jornada cívica terminó a la hora programada, y por los medios idóneos se fueron comunicando los datos preliminares y finales, ganando con justicia aquéllos más votados. Claramente, esto provocó la alegría de muchos y el desaliento de otros, empezaron las opiniones y los expertos analistas de lo que se hizo bien y lo que no tanto, los profetas del día después –que nunca faltan- dieron su veredicto de que “tal slogan fue nefasto para tal o cual grupo”, otros pagaron sus apuestas, pero nadie objetó la legitimidad del escrutinio de las actas.

Al margen de que algún ganador se convierta en el fantoche de quien lo apadrinó, o que otro tendrá una tarea titánica para gobernar con la Concejalía en su contra, o de golpearse la cabeza contra la pared y no terminar de entender cómo es posible votar a una estructura que robó el dinero con el que debían pagarse los medicamentos que faltaron durante la pandemia causando la muerte de tanta gente, a pesar de todo este domingo el pueblo habló fuerte y claro a través de las urnas, manifestando la voluntad popular de una mayoría, la misma mayoría que hoy puso a ciertos candidatos en ese lugar y puede el día de mañana sacarlos de allí.

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