El censo nacional constituye una lista oficial de los habitantes o población de un estado, con las indicaciones más precisas posibles en relación a sus condiciones sociales, económicas y otras. En nuestro país, los censos se realizan cada diez años, y este plazo fue establecido en razón a que los cambios en la transición demográfica alteran la estructura base de la población. Se han realizado ocho censos hasta la fecha desde el año 1950, luego en los años 1962, 1972, 1982, 1992, 2002, 2012 y el de este año. Las preguntas y el tenor de las mismas van cambiando, según las nuevas necesidades de datos que se van detectando conforme los cambios socioeconómicos que experimenta el país.
El día D, como buen jefe y cabeza de familia, estaba listo a las 7:15 aguardando a que pasaran a censarnos, entreteniéndome mientras esperaba con el último libro de mi amigo Carlos Mateo y eventualmente mirando el celular. A eso de las 8:30 el mate ya no era tan rico, pero como que recuperó su sabor al ver un videíto del Candidato Presidencial Oficialista recibiendo a los censistas en su casa y felicitándoles por la tarea que estaban cumpliendo. “Ya está” -me dije optimista- “seguramente en un rato más ya van a pasar”.
Para las 10 am ya había terminado de limpiar concienzudamente la parrilla, también vaciado el mate y condimentado la carne, mientras hervía la mandioca. Adelanté algunos trabajos para la oficina en la computadora, leí un capítulo más del libro y salí -3 veces- a la vereda para ver si pasaban los censistas, lustré también un par de zapatos y ordené algunas cosas en mi escritorio. Ya que me seguía sobrando tiempo, terminé el control de gastos de la casa y preparé un breve informe para enviar a mis hermanos, mientras encontraba alivio en mi dolor leyendo en las redes que, a muchos otros al igual que a mí, estos crueles tomadores de información tampoco les habían visitado aún.
La toma física de datos casa por casa en el día del censo estuvo a cargo de voluntarios, quienes recibieron en una jornada previa las instrucciones referentes tanto a las zonas y hogares que debían recorrer como así también la forma en que debían explicar a los censados el sentido de las preguntas para su correcta respuesta. La mayor parte de los mismos era gente muy joven, y se quejaron de que en esas jornadas de capacitación hubo mucha improvisación, los mismos recibieron o deben recibir una suma de dinero por los servicios prestados.
En un estado de angustia in crescendo, debido tanto a la ausencia hasta las 11 y media de la mañana de “mi censista” como igualmente noticias que inundaban las redes del tipo “hasta ahora no aparecieron por mi cuadra” o bien “le vi a un par descansando y me dijeron que ya terminaron”, encendí el carbón y me aseguré -por cuarta vez- de que hubiera carne y sopa paraguaya suficiente para invitar a la amable señorita o señor que sin dudas pronto llegarían y a quienes tendríamos el privilegio de invitar a almorzar, como una pequeña muestra de agradecimiento por su espíritu de sacrificio… a las dos y media de la tarde ya habíamos terminado de comer, postre incluido, y me tuve que resignar a guardar en un tupper los restos de asado, recordando las palabras del Comandante Hugo Chávez “si no llegas a un acuerdo durante el almuerzo, pues bien, siempre se puede usar el microondas para la hora de la cena”.
El resto de la tarde pasó muy rápido, y para las 18 ya estaba claro que no pasarían más, por lo que, como buenos ciudadanos, nos pusimos a averiguar qué acciones tomar. Se indicaba a los no censados que llamaran al 178 y/o 911, el primer número más que colapsado y en el segundo (que en realidad no tendría nada que ver para estos casos) indicaban que se llame al primero. Más tarde, al mismo tiempo que se señalaba una aplicación para pedir otra fecha y hora, por otro lado, los conspiranoicos de siempre advertían que, de inscribirse allí, seríamos víctimas “del robo de nuestros datos para usos delincuenciales”. Lo que se dice, pintaba negra la morcilla.
A pesar de todo lo que se pueda decir, los paraguayos somos disciplinados, o por lo menos obedientes. En una jornada en la que el país perdió cientos de millones de dólares, principalmente las Mipymes y los prestadores de servicios, la gente se quedó en sus casas, y la cantidad de quejas en relación a no haber sido censados no se compadece de los datos y cifras que divulgaban desde el INE. Como bien dijo una censista “me dio pena la gente de un asentamiento, personas correctas y educadas, que en su gran mayoría son jornaleros, esperando en vano a los voluntarios que no se presentaron”. Ahora bien, echar la culpa de la derrota en una batalla a los soldados hablaría muy mal de su Comandante, así que estamos expectantes en relación a las manifestaciones del Sr. Ojeda ante la Cámara de Senadores.
Nuestro censista finalmente llegó el domingo por la tarde, y no parecería algo coordinado porque nos habíamos re-agendado para el sábado. Por suerte se dio y pudimos así cumplir con nuestra obligación civil. El joven nos sorprendió gratamente por su amabilidad y cortesía, y al retirarse rechazó gentilmente la invitación a servirse algo, porque según comentó “la gente es muy amable y ya tengo mi mochila llena de jugos y cosas para comer”. Al margen de la desazón generalizada y el vía crucis para censarse quedó, una vez más, la agridulce sensación de que los ciudadanos paraguayos tuvimos una conducta muy por encima de la eficiencia gubernamental.