Política y amor al poder

Ya que estamos en pleno 14 de febrero, día de San Valentín, hablemos del amor al poder, algo que en vez de ser saludable puede resultar nocivo, cuando es adictivo, sobre todo. El amor como sabemos es un sentimiento sublime, maravilloso, capaz de generar el cariño, el respeto, la comprensión, la tolerancia, la piedad y la misericordia. Todas las virtudes que adornan al ser humano. El poder del amor es fabuloso; y no hay que confundir con el amor al poder.

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Comencemos diciendo que el poder es la capacidad de transformar una realidad en otra superior, más creativa y valiosa. No hay que confundir con autoridad, desde luego. Aunque los conceptos se asemejan. Autoridad, viene de autorictas, una palabra de origen romano que significa crecer. Se refiere a la división de poderes en la primitiva sociedad romana donde el Rey tenía el poder de decidir pero la autoridad la ejercía el Senado. Fue el emperador Julio César Augusto (27 A.C Y 14 D C) quien logró unificar en su persona los dos conceptos: potestad que es poder y autorictas que es autoridad. En su testamento Julio Cesar Augusto escribió lo siguiente: “No he tenido más potestad o sea más poder que mis colegas; pero he tenido más autoridad que ellos”. Eso le permitió terminar con la república.

Interesante es la tarea de analizar estos términos que se usan en la política. Esa gente llegó al poder decimos con frecuencia. El poder sería tener el cargo o el nombramiento pero la autoridad es la conquista, es el derecho legitimado para ejercer el poder. Hay muchas personas que llegan al poder pero no tienen autoridad. Sueñan con tenerla, pero no es fácil. Es tan lindo este tema porque nos enseña muchas cosas; por ejemplo, nos indica claramente que un personaje puede ubicarse en el poder, sin problemas. Pero solo cuando se rodea de un equipo honesto y capaz, tiene autoridad de verdad. Cuando inspira respeto y confianza, tiene autoridad y cuando no ejerce el miedo y el sometimiento sobre sus electores es que se puede llamar autoridad.

Los estadistas brillantes pueden tener poder y a la vez autoridad. Por eso tenemos que atender bien cuando usamos estas palabras. Sabemos que el amor al poder puede hacer grandes cambios positivos por el país. Si se actúa con voluntad política y patriotismo; con honestidad y vocación de servicio. Cuando los políticos se aferran al poder y a los cargos, para obtener sus propios beneficios o caen en actos de corrupción, es que todo se destruye. Los servidores de la nación tienen que abandonar a tiempo el poder y dar lugar a los jóvenes. Tienen que salir por la puerta grande con dignidad y grandeza para figurar en las páginas gloriosas de la historia.

Muchos, sin embargo figuran en las páginas judiciales de los diarios, donde aparecen investigados por enriquecimiento ilícito u otros delitos. Una vergüenza que esto ocurra con demasiada frecuencia. Nunca se puede parar porque la política se convirtió en la carrera donde no se exige idoneidad ni méritos. Es una carrera para amasar fortunas fácilmente en la mayoría de los casos.

Por eso el amor al poder resulta perjudicial. Es un amor muy raro y tóxico. Alguna vez la neurología, la psiquiatría o la psicología tienen que estudiar a estos personajes. Como es que una persona que llega al poder puede cambiar tanto. De ser idealista se vuelve materialista, de tan pobre llega a tan rico, de tan inocente a tan sinvergüenza. Hay que saber los motivos y sobre todo que nos digan que hacer para que evitar estas desgracias. Educarnos en la moral y el civismo puede ser el camino y sobre todo aprender a votar no por los futuros poderosos sino por legítimas autoridades.

blila.gayoso@hotmail.com

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