El historiador paraguayo

El pasado sábado 16 los historiadores paraguayos recordaron su día. La fecha es en homenaje al ascenso de Asunción como ciudad, en 1541, con la instalación del cabildo y el archivo.

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La función de quienes indagan el pasado es esencial para comprender el presente y planificar el futuro. Ningún país puede prescindir de su historia porque ella le orienta, le ilumina, le encamina. Es la raíz que le mantiene en pie y le hace florecer.

El Paraguay tiene la fortuna de contar con excelentes historiadores que nos acercan el pasado a partir de rigurosas investigaciones; nos cuentan lo que ha sucedido, apoyados en documentos auténticos. No olvidemos la existencia de los falsos que muchas veces se nos ha querido presentar como legítimos. Se acude a este extremo para acomodar los hechos a la ideología de sus autores y para exaltar o denostar a algún personaje. Esta maniobra es enteramente inmoral, desfigura por completo el rol de la historia, desarregla la verdad para instalar la mentira.

Suele decirse que el periodismo es la historia del presente. No puede ser historia en momentos en que se excluye un elemento esencial: la distancia. Los acontecimientos se vuelven históricos cuando el tiempo ha trabajado en apartar los sucesos valiosos de los insustanciales. Es un desafío para los historiadores, para su ética, para su ciencia, que lo insustancial no ahogue lo valioso. La sociedad les exige que el fanatismo, el prejuicio, el afán de agradar, no vayan a estropear la verdad.

En muchos momentos de nuestro pasado y nuestro presente, se sostiene desde el poder una verdad a la que se debe apuntalar y que encuentra en muchos historiadores –o que dicen ser tales- la perfecta caja de resonancia. Perfecta hasta que otra verdad oficial la sustituya.

Nuestro país ha sido fecundo en cronistas. Nos dejaron relatos que pasado el tiempo aparecen con errores de apreciación, de reflexión, de afán de causar asombro. Fueron escritos en el momento, o tiempo después, basados en la memoria -no siempre fiel- y salpicados de prejuicios o informaciones inexactas. Es el caso, entre muchos, de Ulrico Schmidl, cuya narración de nuestra historia, y la suya personal, tiene muchas lagunas. No obstante, se lo suele citar como testigo creíble de muchos acontecimientos. Schmidl, de nacionalidad alemana, vino a estas tierras con el Primer Adelantado del Río de la Plata, Pedro de Mendoza, a principios de 1536. Muchos años después de regresar a su país publicó un libro, en 1567, en el que relata lo que cree recordar, o imaginar, lo vivido en el Paraguay. Era propio de los primeros cronistas escribir con asombro, maravillados hasta el delirio por lo que nunca habían visto; o inventar acontecimientos que les hagan héroes y justicieros en busca de la inmortalidad. A cinco siglos de distancia se sigue leyendo a Schmidl como testigo fiable de nuestra historia. Quien no le creyó casi nada fue Manuel Domínguez, que en un recio estudio desarma el relato del cronista alemán.

No desaparece de algunos de nuestros historiadores –o que dicen ser tales sin demostrarlo con seriedad- la tendencia de relatar hechos que solo viven en su imaginación, fanatismo o ignorancia. Pienso, por ejemplo, en el relato inagotable de la Guerra del 70 y de su protagonista, el mariscal López. Del raudal de libros, folletos, conferencias, etc. son muchos los que son una mera expresión de endiosar a López o satanizarlo. Son panegiristas o detractores: Autores de panfletos que desean elevar a la categoría de historia todo lo que escriben.

¿Nunca López hizo nada malo? ¿Nunca hizo nada bueno?

Los historiadores –o quienes creen serlo- mienten cuando callan verdades. Y esta mentira es doblemente funesta porque la presentan como acto patriótico. Si alguien desmiente el relato fantasioso le tildarán de “legionario” o “brasilerista”.

En fin, felicidades a los historiadores que solo buscan contar los hechos como han sucedido y no como quisieran que hubiese acontecido.

alcibiades@abc.com.py

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