Los paraguayos y el mar (3)

El verano llega con todo, y con él ese fenómeno ya casi automático que se repite año tras año. Apenas sube la temperatura, miles de paraguayos miran el calendario y coordinan actividades laborales/vacaciones/otros, hacen un mantenimiento del auto y enfilan rumbo al este. Un ciclo que se repite: La cita impostergable con el mar que, aunque lejos de nuestras fronteras, nos espera con paciencia y recibe con cariño.

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No exageramos al decir que van miles. Quizás incluso, si sumamos a la temporada alta también otras épocas de “éxodo”, hasta se podría hablar de decenas de miles. Pero lo más importante es que si se comparan las cifras de veraneantes con las de hace 20 años, el crecimiento es exponencial. Un par de décadas atrás, ir a la playa no era muy común, hoy día está al alcance de cada vez más gente y sobre todo familias.

Ayuda, y mucho, la enorme oferta que existe del lado brasileño. Hoteles para todos los bolsillos, departamentos en alquiler por semana o quincena, y una gastronomía que se adapta al turista sin perder su identidad. Desde platos sencillos donde jamás faltará el arroz hasta el pescado recién salido del mar, hay opciones para todos.

La arena y la sombrilla son las estrellas de la temporada, pero estos viajes no se reducen a eso. La belleza está en que la playa se integra con muchas otras actividades. Paseos costeros, parques, lugares de interés, ferias, centros comerciales y las inevitables compras que siempre terminan llenando el baúl del auto antes de volver.

No puede dejar nunca de llamarnos la atención la proverbial amabilidad de los brasileros. Es que esta gente tiene una predisposición natural a ayudar, a explicar y a sonreír. Portuñol y gestos graciosos de por medio, el entendimiento es perfecto. Y como dice un amigo muy sabio “son tan calidad que hasta da gusto que te rompan el bolsillo”.

Para los niños, el mar es una experiencia inolvidable. La primera ola, cantidades interminables de arena, el asombro constante. Son recuerdos que quedan grabados y que, con el tiempo, terminan siendo parte del rico anecdotario familiar, repetido en cada reunión.

Claro que no todo es despreocupación. Están los riesgos propios del verano: enfermedades, pestes, picaduras. Nada fuera de lo común, pero sí cosas que obligan a tomar precauciones básicas: cuidar lo que se lleva a la boca, aplicarse algunas vacunas y tomar en serio las recomendaciones sanitarias.

También están las rutas y el viaje en sí. No excederse en el esfuerzo por conducir es clave. Las playas de los estados de Paraná y Santa Catarina están relativamente cerca, son entre 1.000 y 1.400 kilómetros según el destino, pero hay que respetar el cansancio.

Al final, más allá del bronceado y las fotos, queda una experiencia que se comenta el resto del año. En el trabajo, con amigos, en familia. Todos tienen una anécdota, un dato útil o una recomendación “para la próxima vez”.

Y quizás ahí esté lo más interesante. Por unos días, salvamos de manera amable nuestra mediterraneidad. Esa condición que nos impide disfrutar del mar más seguido, pero que también hace que cada viaje sea valorado como un enorme privilegio.

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