Quienes no son de Encarnación, irónicamente, critican la naturaleza del Carnaval Encarnaceno, cuestionando su origen y si representa la tradición de la bella ciudad capital de Itapúa. No obstante, tras bambalinas del que hoy es uno de los espectáculos más imponentes del país, el poblador local vive los corsos de una manera diferente.
Para el encarnaceno común, significa ver a sus hijos, sobrinos, nietos o algún familiar en una fiesta masiva, presentándose en un desfile artístico. Para los socios de los clubes locales, simboliza el fruto de años de trabajo, como también de despliegue del talento local.
Es una alternativa rentable a los tradicionales deportes, como el fútbol y el básquet, que no son tan populares en el interior del país, por fuera de las divisiones principales. Para los jóvenes y adolescentes, es un momento de expresión y libertades. Además, hasta los niños tienen espacios en el evento. Para el artesano, es una oportunidad de ingreso económico.
El Carnaval Encarnaceno es un producto turístico elaborado por encarnacenos. Genera alrededor de 1.000 fuentes de trabajo directas y significa una inyección importante de dinero a la ciudad, que ronda los 4 millones de dólares semanales, según un estudio realizado por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Itapúa (UNI).
La gran fiesta cumple su edición número 100, pero cumple 120 años de celebrarse por primera vez en la ciudad. No es el carnaval más longevo, pero es el que mejor se adaptó a los tiempos modernos, siendo tendencia y, en su última edición, tuvo una concurrencia de 58.000 personas en cuatro noches.
Nació en 1906, siendo un desfile de flores, donde adolescentes y jóvenes encontraron un espacio para presentarse en la sociedad, que estaba marcada por un auge económico. Evolucionó y, entre los 50 y 70 del siglo pasado, se convirtió en una competencia alegórica de los clubes tradicionales de la ciudad. Es por eso que continúa siendo una oportunidad para las bailarinas y bailarines de la ciudad, porque en esencia, el Carnaval es una plataforma para el talento local. Tuvo influencia de las celebraciones carnestolendas de Europa, debido a la colonización marcada que hubo en nuestra región, desde inicios del siglo XX.
Más allá del brillo, la espectacularidad y las plumas, los festejos en la ciudad representan una ventana que la conecta con su pasado. Son identidad y reflejo de una cultura que no es estática, sino que muta, se transforma y se renueva.
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