Mujer y minerales esenciales: necesidad de una transición energética justa

Paraguay se ha sumado a la cadena de suministros de minerales esenciales para tecnología estratégica luego de firmar un acuerdo con los EE.UU. El tema, auspicioso a primera vista para nuestro país, nos ubica en el centro de un debate debido laxo marco jurídico, a los temores de contaminación y posibles desplazamientos. En esa conversación la voz de la mujer es inaudible.

Este 24 de febrero, mientras recordamos el Día de la Mujer Paraguaya -otro debate que en el que sectores del feminismo no están de acuerdo con el motivo de recordación de esta fecha- es necesario enfocar la mirada en el hecho del eventual desarrollo de la industria minera estratégica en nuestro país.

Se trata de una movida geopolítica que nos inserta en un importante circuito, pero que supone grandes desafíos en torno al rol de las mujeres y las consecuencias que conlleva el desarrollo de esta industria a mediano y largo plazo, en especial respecto al resto ambiental que supondría.

El debate ha dejado de lado, al menos de momento, el rol de la mujer tanto en su participación en la toma de decisiones como en las consecuencias en el campo de acción donde el sector más vulnerable es el femenino.

De qué hablamos cuando hablamos de minerales esenciales y qué le da ese carácter. De acuerdo a la literatura existente, los minerales esenciales son piezas clave para las baterías de vehículos eléctricos y el almacenamiento de energías renovables.

Entre ellos, el litio es el «oro blanco»; se extrae principalmente en el Triángulo del Litio (Argentina, Bolivia y Chile) mediante la perforación de salares para bombear salmuera a enormes estanques de evaporación. Es un proceso voraz: obtener una sola tonelada de litio requiere evaporar cerca de 120.000 litros de salmuera y consumir 10.300 litros de agua dulce.

Por otro lado, las tierras raras no son necesariamente escasas, pero son extremadamente difíciles de separar de otros elementos. Son 17 elementos químicos vitales para teléfonos inteligentes, turbinas eólicas y sistemas de defensa. Su extracción, dominada en un 85% por China, es un proceso químico agresivo que genera legados tóxicos de torio radiactivo, arsénico y fluoruro, filtrándose a menudo en el suelo y el agua.

A nivel global, a pesar de que las mujeres representan cerca del 30% de la fuerza laboral en la minería artesanal y de pequeña escala, su presencia en la gran minería industrial apenas alcanza el 15% global. El problema no es solo la falta de brazos, sino la ausencia de voces en los cargos de poder.

La experiencia internacional en la materia nos habla de países como Perú, en el que solo el 11,6% de los cargos gerenciales son ocupados por mujeres.

Esta segregación vertical es alimentada por un machismo sistémico que relega a la mujer a roles administrativos o de servicios, bajo el prejuicio de que el socavón es un lugar “naturalmente masculino”.

A esto se debe agregar que al no estar en las mesas donde se deciden las concesiones y el uso del agua, las necesidades específicas de las comunidades femeninas son simplemente ignoradas.

Por otra parte, la minería de estos minerales críticos está creando “zonas de sacrificio”. Las consecuencias para las mujeres son multidimensionales. A saber:

Desplazamiento forzado: La degradación de los ecosistemas, como la desecación de humedales en los Andes, destruye la economía pastoril liderada mayoritariamente por mujeres, forzándolas a migrar a centros urbanos donde sus conocimientos ancestrales pierden valor de mercado.

Contaminación y Salud Reproductiva: En regiones como Ganzhou (China), la exposición a desechos tóxicos ha sido vinculada con “clústeres de cáncer” y complicaciones prenatales.

Las mujeres, gestoras tradicionales del agua doméstica, son las más expuestas a metales pesados que afectan el desarrollo neurológico de los fetos.

Feminización de la pobreza: La minería industrial a menudo atrae mano de obra masculina externa, elevando los costos de vida locales y dejando a las mujeres con una doble carga de cuidado no remunerado y empleos precarios e informales.

Violencia: El entorno minero registra riesgos alarmantes de violencia sexual y de género (SGBV), un peligro que las empresas apenas han comenzado a reconocer y supervisar sistemáticamente.

Teniendo en cuenta estas cuestiones que circundan a la minería estratégica podemos decir que no puede haber una transición energética justa si se sustenta sobre la explotación de la naturaleza y la subyugación de la mujer.

La moneda de cambio que exija el sacrificio de la salud reproductiva o el territorio de las mujeres rurales e indígenas y la falta de mujeres en momentos de decisión, solo desde su perspectiva se podrá entender mejor la multidimensionalidad del fenómeno.

Lograr una verdadera equidad implica desmantelar la estructura patriarcal de la minería, garantizando que la mujer no sea solo una “beneficiaria” de programas de responsabilidad social, sino una agente clave con poder de decisión sobre el destino de su tierra. La dignidad humana debe ser el mineral más esencial de cualquier revolución tecnológica.

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