La ruta PY08, tristemente bautizada como ruta de la muerte, acumula víctimas y promesas, mientras la anunciada reconstrucción avanza con la velocidad de una procesión sin fecha de llegada. Las soluciones llegan tarde, a medias, o simplemente en discursos bien redactados.
La ruta PY11 no se queda atrás: baches y obras nuevas que une San Pedro con Concepción que ya necesitan reparación antes de ser inauguradas. Una curiosa innovación local: infraestructura “preventivamente deteriorada”, lista para justificar futuros arreglos.
El puente en la zona de San Pablo amenaza con derrumbarse, convirtiéndose en un símbolo perfecto de la fragilidad estructural… y también institucional. Los pobladores advierten el peligro, mientras las respuestas oficiales siguen en etapa de borrador.
En las comunidades rurales, como Andrés Barbero, el aislamiento ya no es geográfico, sino político, obligando a los ciudadanos a recurrir —una vez más— a movilizaciones para ser escuchados. Porque en San Pedro parecería que el idioma oficial para las autoridades no es el reclamo… sino el bloqueo de rutas.
La capital departamental tampoco escapa: calles intransitables, obras inconclusas y veredas ocupadas reflejan una ciudad a la deriva, sostenida más por la iniciativa ciudadana que por la gestión pública. Una especie de “autogobierno urbano” donde el vecino hace lo que la autoridad promete.
En salud, los avances son casi invisibles, y en educación aún se dictan clases bajo árboles, quizás para fomentar el contacto con la naturaleza… o para disimular la falta de aulas.
Todo esto, por supuesto, acompañado de caminos que dificultan incluso llegar a ese improvisado salón al aire libre.
Así, San Pedro no solo retrocede: se acostumbra peligrosamente a retroceder, normalizando una realidad que debería indignar mucho más de lo que resigna. El vía crucis ya no es una metáfora, es el día a día de todo un departamento.
Araka’épevepa jaikota tindyhape?
omar.acosta@abc.com.py