Al confirmar a Óscar Lovera como nuevo ministro de Economía, volvió a la misma narrativa: “Este segundo tiempo, buscamos consolidar la buena marcha de nuestra economía”. El concepto se ha convertido en el slogan del momento, pero detrás del eufemismo futbolero hay una confesión incómoda: que el primer tramo fue, cuanto menos, insuficiente.
La Constitución Nacional es inequívoca. Santiago Peña asumió el 15 de agosto de 2023 y su mandato concluye el 15 de agosto de 2028. Son cinco años continuos, indivisibles, de responsabilidad plena ante la ciudadanía. Fraccionar esa responsabilidad en “tiempos” no es una estrategia comunicacional ingeniosa; es, en el mejor de los casos, una ingenuidad que subestima la inteligencia del pueblo paraguayo, y en el peor, una maniobra para distanciarse de los resultados del primer tramo y vender expectativas sin rendir cuentas por lo actuado.
Porque mientras el presidente habla de “tiempos“, la realidad golpea sin descanso. Los hospitales están colapsados, existe carencia de insumos, infraestructura precaria y falta de inversión; lo que debería ser un derecho garantizado se ha convertido en una prueba diaria de abandono y mala gestión.
El Estado acumula más de US$ 1.500 millones en deudas impagas con el sector privado: proveedores, constructoras, contratistas de infraestructura. Diecisiete obras públicas paralizadas y más de 50.000 empleos perdidos en construcción. Eso tampoco distingue entre primer y segundo tiempo.
Y si afuera la situación es grave, dentro de la propia casa colorada la crispación es ya inocultable. Gustavo Leite, embajador paraguayo en Estados Unidos y hombre del cartismo, encendió esta semana una bomba política al afirmar que empresarios le dicen que en la época de Cartes “no había ni olor a coima”, dando a entender sin rodeos que en el gobierno actual sí lo hay. Peña, lejos de responder con firmeza, se limitó a decir que Leite “tiene derecho a opinar”. A eso se sumó el expresidente Nicanor Duarte Frutos, quien advirtió sin rodeos: “La soberbia es la víspera de la caída”, señalando que todos, Alliana, Cartes, los propios colorados, le piden cambios al presidente, y la respuesta siempre es la misma: ‘el que decide soy yo’.
Un presidente no puede darse el lujo del entretiempo. La ciudadanía no pagó una entrada para ver 45 minutos de calentamiento. Confió el mando del país por cinco años completos, desde el primer día hasta el último, cada obra paralizada, cada deuda impaga, cada promesa incumplida es una falla de gobierno, sin importar en qué “tiempo” del relato presidencial estemos. Señor presidente: el partido empezó en agosto de 2023, el árbitro no pitó ningún descanso, y el marcador, a esta altura, no le es favorable.
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