Hay presidentes que se definen por lo que hacen, y hay presidentes que se definen por lo que evitan decir. Santiago Peña pertenece cada vez con mayor claridad a la segunda categoría: viaja, sonríe, estrecha manos, posa en cumbres, pero a la hora de fijar una posición firme en los temas que realmente importan opta sistemáticamente por el silencio prudente y la frase que no compromete a nada.
El lunes 29 de junio será, para la inmensa mayoría de los paraguayos, el día en que Paraguay se mide ante Alemania por los dieciseisavos de final del Mundial. Será también, casualmente, el primer día de reuniones técnicas de la Cumbre del Mercosur en Asunción, con la sesión del Consejo del Mercado Común incluida.
El paraguayo necesita alegrías. En un país donde la urgencia diaria acucia a la gente, donde el reclamo permanente es la falta de medicamentos en los hospitales, donde estamos inundados de títulos falsos y denuncias que se acumulan, donde la justicia es la gran materia pendiente, los reclamos caen, en la indiferencia de las respuestas de las autoridades.
Volver a las listas sábanas sería un retroceso sin justificación. Quienes aprovechan el cuestionamiento a las máquinas de votación para deslizar la idea de regresar a las listas cerradas y bloqueadas deben ser más honestos consigo mismos y con la ciudadanía. Las listas sábanas no eran un sistema democrático puro: eran un mecanismo de control partidario sobre el elector.
El Presidente Santiago Peña no pierde ocasión de agradecer al Congreso por acompañar sus iniciativas legislativas. Lo dice con la solemnidad de quien cree estar elogiando a un cuerpo deliberativo virtuoso, cuando en realidad está agradeciendo a una bancada cuya nómina, examinada sin maquillaje, se parece más a un prontuario que a un plantel parlamentario.
