La semana pasada, mientras la Albirroja le ganaba a Alemania en una noche que ya es historia, algo más estaba ocurriendo en las redes sociales, en los estadios, en las calles de las ciudades anfitrionas: el mundo estaba descubriendo, o redescubriendo, lo que muchos ya sabían. Que los paraguayos son gente especial.
El partido contra Alemania fue un resumen perfecto de lo que somos. Un sufrido empate 1-1 que se fue al alargue, noventa minutos más treinta de corazón apretado, y después la ruleta rusa de los penales. Y ahí apareció Orlando Gill, nuestro arquero, para convertirse en héroe nacional y mundial al mismo tiempo. El mundo entero festejó con nosotros. No solo los que tienen sangre guaraní: también los que simplemente quieren a Paraguay, que, como se está viendo en este Mundial, son muchos más de los que imaginábamos.
Los videos se multiplicaron. En todo el mundo rindiéndole tributo a esa forma de ser tan nuestra: la hospitalidad sin cálculo, la sonrisa sin protocolo, la generosidad que no pide nada a cambio. No fue marketing ni campaña institucional. Fue simplemente la gente siendo lo que es. Y el mundo lo vio y lo eligió.
Porque quienes de verdad conocen al paraguayo saben que hay algo en él que va mucho más allá del fútbol. Es el trabajador que llega primero y se va último. Es el inmigrante que en cualquier rincón del mundo construye su vida con las manos y el carácter. Es el que recibe al extraño como si fuera de la casa. Es el que sufre en silencio, pero festeja con todo el corazón. En un Mundial donde el mundo entero se une alrededor de una pelota, Paraguay no fue solo un equipo: fue una identidad que la gente quiso abrazar.
Eso no se improvisa. Eso se lleva adentro, se hereda, se construye generación tras generación en cada familia, en cada comunidad, en cada historia de esfuerzo silencioso que nunca ocupó un titular, pero que forma el carácter de un pueblo. Lo que hizo Orlando Gill bajo los tres palos no fue solo deporte: fue el espejo de ese paraguayo que aguanta, que no se rinde, que espera su momento y responde cuando el momento lo exige.
Después vino Francia, y Paraguay volvió a estar a la altura. Un partido heroico, intenso, donde la Albirroja compitió de igual a igual contra uno de los mejores equipos del mundo hasta que un penal de Mbappé, en el único momento de diferencia entre ambos equipos, definió la eliminación por 1-0. No fue una goleada ni una rendición: fue una derrota con la frente en alto, de esas que engrandecen aunque duelan.
El viaje terminó en octavos de final. Pero qué viaje.
Por eso, más allá de lo que marcó el tablero, Paraguay ya ganó algo que muy pocos países pueden decir que tienen: el cariño genuino del mundo. Y eso, en tiempos donde la desconfianza y la crispación abundan, vale más de lo que parece.
Pero precisamente porque tenemos tanto para ofrecer, nos debemos también una mirada hacia adentro. Esa hospitalidad que tanto nos reconocen afuera, a veces nos cuesta más practicarla entre nosotros mismos. La tolerancia, el orden, la responsabilidad personal, el respeto por el espacio común, son las asignaturas pendientes de ese mismo pueblo bueno que el mundo aplaude. No para ser perfectos, sino para ser coherentes con lo mejor que ya somos.
Sigamos construyendo y creciendo, también, en esas virtudes que se forjan en lo cotidiano y que hacen a un país verdaderamente grande: la convivencia, el civismo, la cultura del esfuerzo compartido. Porque si algo nos enseña este Mundial es que la mejor imagen de Paraguay no la construye ningún gobierno ni ninguna campaña publicitaria. La construimos nosotros, cada uno, con la forma en que nos relacionamos con el otro.
Paraguay ya ganó al mundo. Ahora el desafío es seguir ganando, todos los días, dentro de casa.
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