Las advertencias sobre el riesgo que enfrenta el Museo Diocesano de Arte de las Reducciones Jesuíticas de San Ignacio Guazú y el deterioro de la imagen de la Virgen de Santa María de Fe no son hechos aislados: son señales de que estamos llegando tarde a la protección de un legado que no podrá ser reemplazado.
El museo de San Ignacio Guazú resguarda una importante colección de arte barroco jesuítico-guaraní y funciona en una construcción de enorme valor histórico. Las grietas y el deterioro de su estructura ponen en riesgo la conservación de un patrimonio que sobrevivió durante siglos y que hoy depende de decisiones que deben ser tomadas antes de que el daño sea irreversible. No se trata simplemente de reparar paredes. Se trata de conservar un espacio que permite a las nuevas generaciones conocer una parte fundamental de la historia de Misiones y del Paraguay.
La situación de la histórica imagen de la Virgen de Santa María de Fe también debería generar preocupación. La escultura, tallada durante la época misional, presenta fisuras y desprendimientos de su policromía. Es una obra que tiene valor religioso, artístico y cultural, pero también forma parte de la memoria de una comunidad que durante generaciones la ha venerado. Cuando una pieza de estas características se deteriora, no estamos ante un objeto que puede ser sustituido por otro. Lo que se pierde es la autenticidad de una obra que forma parte de nuestra historia.
El patrimonio cultural no pertenece únicamente a una parroquia, a un museo o a una comunidad. Pertenece a todo el país. Es la herencia que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros y la responsabilidad que tenemos de entregarla a quienes vendrán después. Y aquí corresponde hacer unas preguntas incómodas: ¿cuánto más debemos esperar para actuar? ¿Debemos esperar a que una estructura histórica colapse para recién buscar una solución?
San Ignacio Guazú y Santa María de Fe no necesitan más discursos sobre la importancia de su patrimonio. Necesitan acciones. Porque cuando una pared histórica se derrumba o una imagen centenaria pierde para siempre su policromía, no se pierde solamente piedra, madera o pintura: se pierde una parte de nuestra memoria.
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