Uno de los modos frecuentes en la experiencia del mundo actual es el resentimiento, una emoción o un sentimiento que presupone un conflicto que, a menudo, se manifiesta a través de una pasividad agresiva, cinismo, rencor, odio, amargura, acritud, desconfianza, distancia emocional, en lugar de un conflicto abierto. En esa medida, la cuestión del poder y de las relaciones de poder se vuelve mucho más compleja.
Resentimiento es la repetición del dolor. Etimológicamente, proviene del latín re- (repetir) y sentire (sentir), es la acción de volver a experimentar el pesar o la ofensa original en la mente. Tras la postura de una persona resentida puede subyacer el pensamiento: si a mí me maltrataron, yo también voy a maltratar cuando pueda hacerlo.
La raíz principal del resentimiento es una herida emocional no procesada ante un rechazo, trato descortés o una expectativa rota, que la persona vuelve a vivir mentalmente una y otra vez.
Puede consistir en gente acomplejada que no se siente valorada por sus superiores, por ejemplo, que se considera sobreexigida, que se queja todo el tiempo de la mala atención que recibe, de la escasa remuneración que percibe, de que no le reconocen sus méritos y títulos.
Nietzsche dice que el resentimiento es la reacción interiorizada de impotencia, en una sociedad opresiva en la que no se ha tenido éxito.
La persona resentida no es directa, no es ingenua, no es honesta, ni consigo misma ni con los demás. Observa desde la desconfianza, prefiere esconderse al fondo de la realidad, en el secreto de la oscuridad, de la amargura. No olvida y sabe esperar a que llegue el momento de la venganza. Mientras no llega, es experta en falsa humildad y adulación hacia quien manda. Y cuando surge el momento, la persona resentida es astuta y violenta, más que cualquier otra no resentida. La gente noble, que se autovalora, es incapaz de resentirse y olvida las ofensas.
El resentimiento ve el mundo circundante como dominado por poderes hostiles y solo reconoce como propio el poder de amargarse. Se maneja tras una forma de odio, y señala una cierta perversión de los valores que conduce a una falsa visión del mundo. Es también un envenenamiento del espíritu, provocado por una acumulación sistemática de determinadas emociones dolorosas. Esto genera una necesidad de represalia hacia quien le produce envidia e impotencia.
Lidiar en el trabajo con una persona resentida requiere anteponer el profesionalismo a la emoción y activar protocolos institucionales. El resentimiento crónico suele manifestarse como hostilidad y sabotaje sutil. Para neutralizar el impacto sin desgastarse ni agravar el conflicto, es mejor considerar que esa conducta argel responde a las frustraciones e inseguridades de la persona resentida, no a las acciones de los demás.