¿Qué ocurrió el 28 de enero de 1986?
A las 11:38 de la mañana, hora local, el transbordador espacial Challenger despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida. Era la misión STS-51-L, concebida para demostrar que el programa de transbordadores podía operar casi como una línea regular: frecuentes vuelos, cargas comerciales, presencia civil a bordo.
Entre los siete tripulantes viajaba Christa McAuliffe, profesora de secundaria seleccionada para el programa “Teacher in Space”. Millones de estudiantes en Estados Unidos seguían en directo el lanzamiento.
Setenta y tres segundos después del despegue, una columna de humo y dos estelas divergentes de los aceleradores laterales sustituyeron en la pantalla a la silueta del transbordador.
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Lo que el público vio como una explosión fue, en realidad, la desintegración aerodinámica del vehículo una vez perdida la integridad del tanque externo de combustible.
No hubo supervivientes. El impacto simbólico fue inmediato: la promesa de un “espacio rutinario” se revelaba como una ilusión peligrosa.
El fallo técnico: las juntas tóricas y el frío extremo
La causa física del accidente se localizó en un componente aparentemente menor: las juntas tóricas (O-rings) de uno de los cohetes aceleradores sólidos. Estas juntas, fabricadas por Morton Thiokol, debían sellar las uniones segmentadas del acelerador para evitar fugas de gases a altísima presión y temperatura.
La mañana del lanzamiento fue inusualmente fría para Florida. Las temperaturas nocturnas habían caído por debajo de cero y el hielo era visible en la estructura de la plataforma.
Diversos ingenieros alertaron de que el comportamiento del material elastomérico de las juntas a esas temperaturas no estaba suficientemente caracterizado. En otras palabras: el sello podía no funcionar como estaba diseñado.
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Las imágenes posteriores mostraron un pequeño penacho de humo negro escapando del acelerador derecho pocos instantes después del despegue. Ese escape de gases fue erosionando el material aislante hasta perforar el tanque externo de combustible.
El resto fue cuestión de segundos.
El físico Richard Feynman, miembro de la comisión investigadora, lo resumió de forma demoledora en una audiencia pública al sumergir una junta en un vaso de agua helada y mostrar cómo perdía elasticidad. Su demostración visual evidenció una relación incómoda entre datos técnicos, decisiones de gestión y presión política por mantener el calendario de lanzamientos.
La comisión Rogers y la cultura del riesgo en la NASA
El informe de la Comisión Rogers, que investigó el accidente, fue más allá del fallo mecánico. Señaló un problema sistémico: una cultura organizacional que tendía a minimizar señales de alerta y a normalizar anomalías recurrentes.
En los vuelos previos al Challenger ya se habían observado daños en las juntas tóricas y en el aislamiento de los aceleradores.
En vez de tratar esos incidentes como precursores de un fallo catastrófico, se integraron en la “normalidad operativa”. Es el fenómeno que más tarde se denominaría “normalización de la desviación”: cuando lo anómalo se convierte en aceptable porque no ha producido aún un desastre.
La comisión documentó presiones internas para no retrasar el lanzamiento, tensiones entre la NASA y el contratista Morton Thiokol y una cadena de decisión en la que las preocupaciones de los ingenieros no escalaron con la urgencia necesaria.
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El fallo no fue solo del diseño, sino de la gobernanza del riesgo.
Cómo el Challenger redefinió la seguridad espacial
Tras el accidente, la NASA detuvo durante casi tres años los vuelos de transbordadores. Pero el verdadero cambio se produjo en el enfoque integral de la seguridad, con implicaciones que se extendieron a otras agencias espaciales y a la industria global.
Entre las medidas clave destacaron:
- Rediseño completo de los cohetes aceleradores sólidos, con énfasis en las juntas de sellado y en la tolerancia a condiciones extremas.
- Revisión de criterios de lanzamiento vinculados a temperatura, viento y otros parámetros ambientales.
- Fortalecimiento de las líneas de reporte técnico independiente, para que las advertencias de los ingenieros no quedaran diluidas por presiones de calendario o presupuesto.
- Creación de estructuras internas de “abogacía de seguridad”, con autoridad para vetar vuelos ante dudas razonables.
Pero quizá el legado más profundo fue cultural. El discurso interno de la NASA incorporó conceptos como “cultura de seguridad”, “redundancia crítica” y “análisis probabilístico de riesgos” no como formalidades, sino como parte central de la planificación de misiones.
Agencias como la ESA en Europa, Roscosmos en Rusia y, más tarde, organizaciones en Asia y América Latina, tomaron el caso Challenger como estudio de referencia para sus propios protocolos de certificación, auditoría y simulación de fallos catastróficos.
Del transbordador al nuevo ecosistema espacial
Hoy, en plena expansión del sector espacial comercial, el legado del Challenger se vuelve a poner a prueba.
Empresas como SpaceX, Blue Origin o Rocket Lab han introducido ritmos de lanzamiento sin precedentes, reutilización de cohetes y modelos de desarrollo iterativo que evocan, en algunos aspectos, la ambición de rutina que impulsó el programa de transbordadores.
La diferencia clave es que, al menos sobre el papel, los marcos regulatorios y los estándares de seguridad se han visto fortalecidos por las lecciones de 1986.
Organismos como la Administración Federal de Aviación (FAA) en Estados Unidos supervisan ahora también los lanzamientos comerciales, y los contratos con la NASA exigen niveles de trazabilidad del riesgo que incorporan la experiencia de Challenger y, posteriormente, la del Columbia en 2003.
La propia NASA, en sus programas actuales como Artemis —que busca devolver humanos a la Luna—, subraya la importancia de la verificación independiente, la transparencia de datos y la simulación intensiva de escenarios de fallo, incluida la interacción con socios privados y agencias de otros países.
Un aniversario que sigue siendo una advertencia
Cada 28 de enero, en el Centro Espacial Kennedy y en otros lugares de Estados Unidos, se recuerda a la tripulación del Challenger con ceremonias oficiales. Más allá del homenaje, la fecha funciona como una advertencia permanente: la exploración espacial es inseparable de la gestión del riesgo, y la presión por avanzar no puede eclipsar las señales de alarma.
En un momento en que el acceso al espacio se multiplica —desde constelaciones de satélites de comunicaciones hasta misiones lunares de múltiples países—, el caso Challenger sigue siendo un punto de referencia obligado para ingenieros, reguladores y responsables políticos.
La explosión del Challenger no solo redefinió las políticas de seguridad espacial estadounidenses; contribuyó a configurar un consenso internacional: la confianza del público en la aventura espacial depende de algo más que el éxito de los lanzamientos.
Depende, sobre todo, de la capacidad de aprender de los errores, de documentarlos sin ambigüedad y de incorporar esas lecciones, una y otra vez, en cada nueva misión que abandona la Tierra.