Los once hombres sordos que ayudaron a la NASA a estudiar la ingravidez

Concepto de ingravidez, imagen ilustrativa.Shutterstock

A fines de los años 50, antes de enviar astronautas al espacio, la NASA reclutó a 11 hombres sordos de Gallaudet para estudiar el cuerpo sin señales vestibulares normales. Su “inmunidad” al mareo aportó pistas clave sobre la adaptación humana a la ingravidez.

Mucho antes de que la NASA estuviera en condiciones de lanzar misiones tripuladas, la agencia enfrentaba una incertidumbre: qué le ocurre al cuerpo humano cuando pasa tiempo prolongado sin gravedad. La ingravidez no solo altera músculos y huesos; desordena, sobre todo, la orientación y el equilibrio, funciones estrechamente ligadas al oído interno.

Concepto de ingravidez, imagen ilustrativa.

Para responder a esa pregunta, a finales de la década de 1950 la NASA puso en marcha, junto con la Escuela de Medicina de Aviación Naval de Estados Unidos, un programa de investigación orientado a comprender cómo se comportan los sentidos cuando faltan las señales gravitacionales habituales, según se lee en la propia web de la NASA.

Quiénes fueron: 11 voluntarios, una característica poco común

El proyecto reclutó a 11 hombres sordos de entre 25 y 48 años provenientes del Gallaudet College —hoy Universidad Gallaudet—, una institución históricamente vinculada a la comunidad sorda.

Con el tiempo, el grupo quedó registrado en la historia como los “Once de Gallaudet”. Sus nombres, consignados en los registros del estudio, fueron: Harold Domich, Robert Greenmun, Barron Gulak, Raymond Harper, Jerald Jordan, Harry Larson, David Myers, Donald Peterson, Raymond Piper, Alvin Steele, y Juan Zakutney.

Según la información recogida sobre estos participantes, todos excepto uno habían perdido la audición en la infancia debido a una meningitis espinal. Ese episodio, además de la sordera, dañó los sistemas vestibulares del oído interno —la “brújula” corporal del equilibrio— de un modo particular: los volvió, en la práctica, resistentes al mareo por movimiento.

Esa condición, poco frecuente, los convertía en el tipo de voluntarios que la NASA necesitaba para aislar variables: estudiar la orientación y la percepción cuando el cerebro no recibe las señales vestibulares típicas que, en tierra, dependen de la gravedad.

“Éramos diferentes en el sentido que ellos necesitaban”, recordaría más tarde Harry Larson, uno de los voluntarios.

Qué se buscaba medir: cuerpo y mente frente al desorden sensorial

De acuerdo con los materiales del programa, los investigadores observaron durante aproximadamente una década la escasa o nula reacción de los participantes ante estímulos que suelen provocar mareo. No se trataba solo de ver “si vomitaban o no”: se midieron respuestas en planos fisiológicos y psicológicos.

Una parte central del diseño consistía en que los propios voluntarios describieran con detalle qué sentían —cambios en percepción, orientación o sensaciones corporales— para mapear, con precisión, cómo se reconfiguran los sentidos cuando falta el referente gravitatorio que el oído interno suele aportar.

Esa lógica acercaba el estudio a un problema crítico de la exploración espacial: en órbita, el cuerpo debe operar sin las mismas señales internas que en la superficie terrestre.

Dónde y cómo se hicieron las pruebas: del laboratorio al mar y a la “gravedad cero”

Los “Once de Gallaudet” pasaron por escenarios experimentales diseñados para forzar el sistema de equilibrio y registrar adaptaciones.

Una de las pruebas más exigentes se realizó en una sala de rotación lenta de seis metros de diámetro. Allí, cuatro participantes permanecieron 12 días consecutivos en un ambiente mantenido en movimiento constante a 10 revoluciones por minuto.

El objetivo era comprobar, en condiciones sostenidas, cómo responde el organismo ante cambios persistentes en la referencia de orientación.

Otra parte del programa se desarrolló en vuelos de gravedad cero realizados en el avión conocido popularmente como el “Vomit Comet”. La aeronave ejecutaba maniobras parabólicas que, por breves intervalos, producen una sensación de ingravidez.

Para los científicos, ese entorno ofrecía un laboratorio móvil donde estudiar la relación entre la orientación corporal y la ausencia de señales gravitacionales normales, un anticipo del problema que enfrentarían los astronautas en el espacio.

Además, el programa también salió del aire y el laboratorio para ir al mar. En un experimento realizado en un ferry frente a la costa de Nueva Escocia, el equipo buscó evaluar las reacciones ante el oleaje, un desencadenante clásico del mareo.

El resultado fue tan elocuente como incómodo para el equipo científico: mientras los participantes jugaban a las cartas y conversaban con normalidad, fueron los propios investigadores quienes se marearon hasta el punto de cancelar el experimento. Los voluntarios del estudio no reportaron efectos físicos adversos; por el contrario, el material difundido por la NASA indica que disfrutaron la experiencia.

Barron Gulak, uno de ellos, lo describió tiempo después con una mezcla de prudencia y orgullo: “En retrospectiva, sí, daba miedo… pero al mismo tiempo éramos jóvenes y aventureros”.

Según el propio planteamiento del programa, estos experimentos ayudaron a mejorar la comprensión del funcionamiento de los sistemas sensoriales en ausencia de señales gravitacionales típicas, aportando un conocimiento relevante para la preparación de la era espacial.

Fuente: NASA

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