La idea de cruzar una pared sin abrir una puerta está instalada en el imaginario colectivo desde hace décadas: aparece en escenas como el andén 9¾ de Harry Potter, en el superpoder de Visión en Los Vengadores y en números de ilusionismo convertidos en espectáculo. El cine también ha reforzado una premisa que suena casi a invitación: la frase —repetida en libros, documentales y redes— de que los átomos están “casi completamente vacíos”, una línea que volvió a circular con fuerza tras Oppenheimer.
De acuerdo con una nota publicada por la Deutsche Welle (DW), basada en explicaciones recogidas por Live Science y Science Alert, esa intuición choca con cómo funciona realmente la materia a escala microscópica. No es que las paredes sean “demasiado fuertes”: el obstáculo es el conjunto de reglas que organizan la estructura de los átomos y su interacción.
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Qué significa que un átomo sea “99,99999% vacío”
El dato suele expresarse así: un átomo está compuesto, en proporción, por una cantidad mínima de materia concentrada en el núcleo y por electrones que ocupan una región inmensa en comparación.
La escala es tan extrema que DW usa una analogía: si un átomo tuviera el tamaño de un estadio de fútbol, el núcleo —alrededor de 100.000 veces más pequeño que el átomo completo— sería apenas como un grano de arena en el centro. El resto sería, en apariencia, “casi nada”.
A partir de esa imagen nace la pregunta: si tanto nuestro cuerpo como una pared son, en gran medida, vacío, ¿por qué no se interpenetran? La respuesta, según los expertos consultados por Live Science, se apoya en dos barreras principales que actúan cuando la materia se aproxima.
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Primera barrera: los electrones no son planetas, y se repelen
La física clásica popularizó el dibujo del electrón orbitando como un planeta alrededor del núcleo. Pero en mecánica cuántica los electrones se describen mejor como una “nube de probabilidad”: una región en la que es más probable encontrarlos, sin trayectorias definidas.
DW recoge una comparación divulgativa atribuida al canal Life Noggin: como las aspas de un ventilador encendido, que dejan de verse como piezas separadas y se vuelven un disco borroso.
Esa “nube” concentra carga negativa en la parte externa del átomo. Cuando dos objetos se acercan, los electrones de uno y otro entran en interacción y aparece lo que, en términos cotidianos, se explica como repulsión electrostática, similar a la de polos iguales de un imán.
Ese empuje, en lenguaje simple, es una de las razones por las que la pared “se siente” sólida incluso si la mayor parte del átomo es espacio.
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Segunda barrera: el principio de exclusión de Pauli (1925)
Incluso si se imaginara —solo como ejercicio mental— que la repulsión eléctrica desaparece, aún quedaría un freno más profundo.
DW señala el papel del principio de exclusión de Pauli, formulado por el físico austriaco Wolfgang Pauli en 1925: dos electrones no pueden ocupar el mismo estado cuántico al mismo tiempo. Traducido a la experiencia diaria, los electrones de tu cuerpo no pueden “acomodarse” en los mismos estados que los electrones de la pared.
La nota subraya que esta regla no rige únicamente para electrones, sino para los fermiones en general. Junto con la interacción eléctrica, ayuda a explicar por qué la materia mantiene su estructura y por qué los objetos macroscópicos no se atraviesan como si fueran humo.
“Fuerza” como atajo: una advertencia sobre cómo lo contamos
La explicación habitual habla de fuerzas que empujan, como si existiera un “muro invisible” entre vos y la pared. Sin embargo, DW recoge un matiz importante: un artículo de 2003 en el American Journal of Physics, citado por Science Alert, advierte que describir lo que ocurre como una fuerza puede inducir malentendidos, aunque sea una forma práctica de introducir el fenómeno.
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En otras palabras, la solidez no se reduce a una barrera mecánica simple; es un efecto emergente de reglas cuánticas que, al pasar al mundo cotidiano, se expresan con metáforas inevitables pero imperfectas.
Entonces, ¿tocamos realmente las cosas? Van der Waals y Pauli en equilibrio
La discusión conduce a una pregunta incómoda: si los átomos no son “bolas” que chocan, ¿qué significa tocar?
Según DW, el físico Philip Moriarty, de la Universidad de Nottingham, citado por Science Alert, explica que el “contacto” existe, pero no como lo imagina el sentido común: el punto en el que decimos que dos objetos se tocan corresponde al equilibrio entre la atracción de Van der Waals y la repulsión asociada al principio de Pauli.
Así, en la escala atómica, “tocar” no equivale a que dos superficies se fusionen sin distancia, sino a un balance de interacciones que estabiliza una separación efectiva, aunque para nosotros se traduzca en una sensación inequívoca de solidez.
La excepción cuántica: el efecto túnel (y por qué no sirve para humanos)
DW también aborda el fenómeno que parece abrir una rendija a la fantasía: el efecto túnel.
Live Science lo describe como una consecuencia de que las partículas también se comportan como ondas: al encontrarse con una barrera, la onda no termina abruptamente; se atenúa, pero puede extenderse una fracción al otro lado. Eso implica una probabilidad —minúscula— de que una partícula aparezca “del otro lado” sin atravesar el obstáculo en el sentido clásico.
Ese comportamiento, sin embargo, no escala de manera útil a un cuerpo humano. Según DW, el doctorando Raheem Hashmani (Universidad de Wisconsin–Madison) estimó para Live Science la probabilidad de que una persona atraviese una pared por efecto túnel: aproximadamente una entre 10^(10^30), un número tan extremo que, en sus palabras, “ninguna calculadora del planeta te dará un resultado que no sea cero”.
El físico Steven Rolston (Universidad de Maryland) reforzó la idea con una medida de tiempo: la probabilidad existe “sobre el papel”, pero sería tan ínfima que no ocurriría ni una sola vez durante toda la edad del universo, según la reconstrucción de DW a partir de esas fuentes.
Lo que deja esta explicación: por qué lo “sólido” es una propiedad cuántica
La imagen del átomo como casi vacío no es falsa, pero sí incompleta cuando se la interpreta con intuiciones macroscópicas.
En el relato recogido por DW la imposibilidad práctica de atravesar paredes se sostiene en dos pilares: la interacción eléctrica entre nubes electrónicas y una regla más radical, el principio de exclusión de Pauli, que impide que la materia se solape en los mismos estados cuánticos. El túnel cuántico queda como una rareza real, pero estadísticamente irrelevante para cualquier experiencia humana.
Fuente: Deutsche Welle