Qué pasó un 21 de octubre: la montaña de residuos que sepultó una escuela llena de niños

St Fagans National Museum of History, Cardiff, Gales, Reino Unido. Tablero de mensajes de visitantes al desastre de Aberfan en 1966.Shutterstock

El desastre de Aberfan, ocurrido el 21 de octubre de 1966 en Gales, mostró que los depósitos de residuos mineros no son montañas inertes: cuando el agua aumenta la presión dentro del terreno, pueden perder estabilidad y desplazarse con enorme velocidad.

¿Qué ocurrió en Aberfan el 21 de octubre de 1966?

A las 9:15 de la mañana, una escombrera de residuos de carbón situada sobre el pueblo de Aberfan, en Gales se derrumbó tras varios días de lluvias. La masa de tierra, roca y desechos mineros descendió por la ladera y sepultó viviendas y la escuela primaria Pantglas.

El cementerio de Aberfan en los valles del sur de Gales, donde están enterrados los niños y los maestros de escuela del desastre de Aberfan.

Murieron 144 personas, entre ellas 116 niños. La mayoría estaba en sus aulas cuando una avalancha de lodo oscuro y materiales de mina alcanzó el edificio.

La tragedia convirtió a Aberfan en un caso decisivo para la ingeniería geotécnica, la disciplina que estudia cómo responden los suelos y las rocas ante cargas, agua y excavaciones.

La causa científica: el agua debilitó la escombrera

El factor crucial no fue solo la lluvia, sino el modo en que el agua interactuó con los residuos acumulados. La escombrera número 7 se había formado con material extraído de una mina de carbón y estaba apoyada sobre un terreno con manantiales y capas permeables.

En condiciones normales, los granos de suelo y roca se sostienen unos a otros por fricción. Pero, cuando el agua llena los poros entre esos granos, aumenta la llamada presión de poros. Esa presión reduce el contacto efectivo entre las partículas y, por lo tanto, la resistencia del terreno al deslizamiento.

St Fagans National Museum of History, Cardiff, Gales, Reino Unido. Recursos históricos, folleto del partido de fútbol benéfico para el desastre de Aberfan y revista sobre el desastre.

Dicho de forma simple: el agua no solo moja una montaña de residuos; puede hacer que sus materiales se comporten menos como una ladera sólida y más como una mezcla móvil de barro, piedras y escombros.

La lluvia intensa de octubre de 1966 saturó el depósito. Una parte de la escombrera cedió y se transformó en un flujo rápido, capaz de avanzar cuesta abajo y arrastrar bloques, tierra y restos de carbón. El fenómeno se conoce como deslizamiento de residuos o flow slide, un tipo de falla especialmente peligrosa porque puede recorrer grandes distancias en poco tiempo.

Por qué Aberfan cambió la forma de evaluar el riesgo

La catástrofe evidenció que no alcanza con medir el tamaño de una escombrera. Para estimar el riesgo hay que conocer qué hay debajo, cómo circula el agua, qué inclinación tiene la pendiente y de qué materiales está compuesto el depósito.

También importa la historia del lugar. En Aberfan se conocía la presencia de manantiales en la ladera, pero los residuos continuaron acumulándose allí. La investigación oficial posterior atribuyó responsabilidades a la Junta Nacional del Carbón británica y expuso fallas en la gestión, la supervisión y la consideración de advertencias locales.

Desde entonces, el control de estabilidad de taludes incorpora estudios geológicos, sistemas de drenaje, mediciones de humedad y presión interna, inspecciones periódicas y restricciones para construir depósitos cerca de escuelas, viviendas o infraestructuras críticas.

Un riesgo que sigue vigente

El mecanismo físico de Aberfan sigue siendo relevante en zonas mineras y en regiones afectadas por lluvias extremas. Los residuos de extracción, las presas de relaves y los rellenos artificiales pueden fallar si el diseño no contempla el agua subterránea y los cambios meteorológicos.

El aumento de precipitaciones intensas asociado al cambio climático añade presión sobre infraestructuras construidas bajo patrones de lluvia del pasado. La lección científica de Aberfan es concreta: la estabilidad de una ladera depende tanto de la gravedad como del agua invisible que circula en su interior.

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