La pobreza se va, pero la vulnerabilidad queda: cuán estable es la vida económica de las familias

Aunque los indicadores de pobreza hayan indicado reducción de esa condición, la misma no desaparece completamente, sino que simplemente cambia de forma, de acuerdo con un análisis de Pro Desarrollo.

“La pobreza puede reducirse en el indicador, aunque la vulnerabilidad permanezca” se titula el análisis de Pro Dresarrollo, acerca de cómo los números no siempre reflejan la realidad de las familias paraguayas, en materia de bienestar y desarrollo. “Entonces la pregunta deja de ser cuántos son pobres y pasa a ser cuán estable es la vida económica de quienes logran salir de esa condición”, señala el escrito, que compartimos íntegramente a continuación.

“En el mes de la Patria y de las Madres, creemos que conversar sobre la situación de tantos hogares en Paraguay es un compromiso que nos debe llamar a todos, sobre todo con la percepción instalada con los últimos indicadores de pobreza que señalan una reducción, que por sí sola no necesariamente refleja toda la realidad de muchas familias.

La pobreza monetaria se redujo de manera significativa en las últimas dos décadas. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la incidencia de la pobreza total pasó de 46% en 2002 a aproximadamente 16% en 2025. Esta caída es real y consistente con mejoras en ingresos laborales y transferencias sociales.

Sin embargo, esa mejora, por sí sola, no describe completamente la estructura económica sobre la que se sostiene.

Medición de pobreza se basa en ingresos

La medición oficial de la pobreza se basa en ingresos y establece un umbral: quien no lo alcanza es considerado pobre. En 2025, la línea de pobreza extrema se ubicó en Gs. 933.108 mensuales per cápita para zonas urbanas y en Gs. 681.839 para zonas rurales. El problema no es el umbral en sí, sino lo que ocurre alrededor de él.

La distribución del ingreso muestra que una proporción importante de la población se concentra en niveles cercanos a esos límites apenas por encima de la línea de pobreza, según datos recientes del INE y estimaciones utilizadas en análisis nacionales sobre vulnerabilidad económica. Esto implica que pequeños shocks —como enfermedad, pérdida de empleo, endeudamiento o aumento del costo de vida— pueden empujar nuevamente a muchos hogares hacia situaciones de privación.

No se trata solamente de pobreza en sentido estricto. Se trata de fragilidad económica.

El mercado laboral refuerza esta estructura. De acuerdo con el INE, alrededor de seis de cada diez ocupados en Paraguay se encuentran en situación de informalidad. A su vez, una proporción importante de los asalariados informales percibe ingresos por debajo del salario mínimo. Esto implica que una parte relevante de los trabajadores genera ingresos que, aun permitiendo superar la línea de pobreza, no garantizan estabilidad ni protección.

Las mipymes y su impacto en el PIB

La estructura productiva profundiza este patrón. Según el Ministerio de Industria y Comercio (MIC), las micro, pequeñas y medianas empresas-mipymes representan aproximadamente el 98% de las unidades económicas del país y concentran cerca del 70–75% del empleo. Sin embargo, su contribución al Producto Interno Bruto continúa siendo relativamente reducida.

Más que representar un problema en sí mismas, estas características reflejan las limitaciones estructurales de una economía compuesta mayoritariamente por unidades productivas de pequeña escala, con baja capacidad de acumulación, productividad e incorporación tecnológica, que la mayoría de las veces surgen como opción para aquellos que no tienen otras oportunidades.

Adicionalmente, estimaciones de organismos internacionales como el PNUD indican que el número de unidades productivas informales supera ampliamente al de las formales.

El resultado es una economía con alta capacidad de absorción de empleo, pero limitada capacidad de generación de valor.

En Paraguay, gran parte de la fuerza laboral es informal.

Mejores ingresos pero sin mejoras estructurales

En este contexto, la mejora de ingresos observada en los últimos años debe ser interpretada con cautela. Los ingresos de los sectores de menores recursos crecieron a tasas superiores al promedio, en parte impulsados por programas sociales y transferencias públicas.

Esta dinámica contribuye a la reducción de la pobreza monetaria, pero no necesariamente implica una transformación de las condiciones estructurales de generación de ingresos para una mejor calidad de vida.

Al mismo tiempo, el consumo muestra señales de expansión apoyadas en financiamiento. El ritmo de crecimiento del crédito al consumo y del uso de tarjetas, sugiere que una parte del bienestar observado se sostiene en endeudamiento y no exclusivamente en ingresos permanentes.

A esto se suma un entorno macroeconómico caracterizado por crecimiento heterogéneo, presiones sobre el sector formal y riesgos asociados a volatilidad externa y fiscal.

Datos incompletos

En conjunto, estos elementos configuran una paradoja aparente: la pobreza disminuye mientras persiste una alta proporción de población en situación de vulnerabilidad económica.

No es que los datos estén equivocados. Es que son incompletos.

Es posible no ser considerado pobre en términos monetarios y, al mismo tiempo, enfrentar carencias en aspectos clave que afectan la calidad de vida y la capacidad de sostener el bienestar en el tiempo.

En este sentido, la reducción de la pobreza por ingresos puede coexistir con persistencias estructurales que no son capturadas por el indicador tradicional.

La pobreza, medida como insuficiencia de ingresos, se reduce, pero la vulnerabilidad, entendida como la incapacidad de sostener esos ingresos en el tiempo y de absorber shocks, permanece y, en algunos casos, se amplía bajo nuevas formas menos visibles.

Parte importante del debate económico ha tendido a ubicar la informalidad como el problema central. Sin embargo, esta mirada corre el riesgo de confundir causa con consecuencia.

¿Y si la informalidad no es únicamente el problema, sino también la forma en que el sistema económico se adapta a sus propias limitaciones?

La informalidad no es una causa sino una consecuencia.

Baja productividad y limitada capacidad de generar valor

En una estructura productiva caracterizada por baja productividad, alta fragmentación y limitada capacidad de generación de valor, la informalidad no aparece solamente como una anomalía, sino también como un mecanismo de ajuste: permite absorber mano de obra, generar ingresos mínimos y sostener niveles básicos de actividad en contextos donde el sistema formal no logra expandirse al mismo ritmo.

En ese sentido, la informalidad no desaparece porque cumple una función. El problema no es únicamente su existencia, sino las condiciones estructurales que la hacen necesaria.

Si bien existen grandes esfuerzos tanto desde el sector público como desde las organizaciones, orientados a la formalización, profesionalización y fortalecimiento empresarial, gran parte de las unidades económicas aún enfrenta restricciones de escala, financiamiento, incorporación tecnológica, capacitación y acceso a mercados. En una economía compuesta mayoritariamente por emprendimientos de pequeña dimensión, muchas veces surgidos como mecanismo de subsistencia o autoempleo, estas limitaciones condicionan la capacidad de generar valor y sostener procesos de crecimiento.

Mientras estas condiciones estructurales persistan, la mejora en los indicadores convivirá con una base económica todavía vulnerable.

La pobreza persiste, cambiando de forma

En ese escenario, la pobreza no desaparece completamente: cambia de forma. El indicador puede mejorar, aunque la vulnerabilidad permanezca dentro del sistema.

Si la pobreza puede reducirse en el indicador, pero la vulnerabilidad económica permanece, entonces la pregunta deja de ser cuántos son pobres, y pasa a ser cuán estable es la vida económica de quienes logran salir de esa condición".

Lo
más leído
del día