El humor en los tiempos de la cólera (II)

Aunque la primera cuente una historia de amor y la segunda se clasifique como un policial histórico, tanto “La broma”, de Milan Kundera, como “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, son novelas que tratan de la enemistad entre el humor y el poder, sostiene el periodista y docente Luis Carmona.

Umberto Eco ("El nombre de la rosa") / Milan Kundera ("La broma")
Umberto Eco ("El nombre de la rosa") / Milan Kundera ("La broma")

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No sin reiterar mis disculpas por el abuso del título de García Márquez, les anticipo que esta segunda parte se centra en el aborrecimiento que toda autoridad tiene hacia el humor. Permítanme recordar sucintamente que en la anterior entrega comentaba que la nueva forma de censura, conocida paradójicamente como «cultura» de la cancelación, impulsada por colectivos enojadizos, respaldados por adalides de la corrección política, es básicamente contraproducente.

Es así porque la corrección política es, ni más ni menos, una artimaña para hacer parecer progresista un conservadurismo radical pero con tan mala conciencia de serlo que pretende que se lo reconozca como progresismo. Así que la persecución del humor en nombre de evitar ofensas (muchas más veces imaginarias que reales) a todos los colectivos imaginables (que también son más veces imaginarios que reales) está en realidad haciendo el trabajo sucio del poder, estableciendo un mecanismo automático de censura al desatar coléricas reacciones contra los (más veces imaginarios que reales) infractores de la norma, según la cual uno no puede opinar nada, pero cualquiera que se sienta ofendido y tenga acceso a internet tiene derecho a emular a Torquemada y ser aplaudido con entusiasmo por la comunidad políticamente correcta.

En cierto sentido, los poderes, tanto legales como fácticos, tienen razones más que suficientes para aborrecer el humor. Están todas ellas muy bien satirizadas en La broma, de Kundera, y muy explicativamente expuestas en la maravillosa novela El nombre de la rosa, del magnífico semiólogo y mejor narrador Umberto Eco. La primera es una historia de amor y la segunda una novela negra ambientada en el tránsito entre la Edad Media y el Renacimiento. Sin embargo, a cualquiera que crea que son sólo una historia de amor y un policial histórico se le ha escapado lo principal de ambas novelas (incluyendo al director de la muy buena, pero muy parcial versión cinematográfica de El nombre de la rosa) y debería leerla de nuevo, porque se ha perdido lo más jugoso.

Ambas novelas son sobre la relación del poder con el humor y su permanente pretensión de hacerlo desparecer a cualquier precio; la historia de amor (o más bien de desamor) oculta en La broma la crítica al estalinismo más sangrienta que se haya escrito nunca, y lo es porque rebosa de humorística ironía: un chiste de noviecito despechado se convierte en delito de Estado, pero tampoco perdona a los flexibles censores que pasaron de furibundos estalinistas a entusiastas corifeos de la Primavera de Praga.

En cambio, El nombre de la rosa enfoca el choque entre humor y poder desde una perspectiva filosófico-teológica. Hay unos asesinatos y una investigación, así que es un policial bastante oscuro; ocurre en el pasado, en el siglo XIV, aproximadamente en el inicio de la larga transición entre la Edad Media y el Renacimiento, en un contexto de conflicto entre algunas órdenes religiosas partidarias de una iglesia pobre, entre ellas los franciscanos, con la opulenta autoridad papal, así que es histórica, y además todo sucede en una abadía y básicamente entre monjes, así que sí es sobre la iglesia; pero es mucho más que solo eso.

El argumento casi nunca es lo esencial en una buena novela; por eso los que saben diferencian el concepto de argumento del de trama, porque el argumento es solo lo que ocurre, y la trama, en cambio, incluye el peso y la complejidad de los personajes, el complejo entrelazamiento de las situaciones y, sobre todo, el paquete de ideas que está en condiciones de transmitir.

Hay, en la novela de Eco, al menos tres tramas entrelazadas (el laberinto que limita el acceso al conocimiento, la progresiva crisis de la iglesia ante el avance del laicismo renacentista, etc.), pero la que a nosotros nos interesa es la que, en último análisis, resulta ser la causa de los crímenes: el sentido del humor y el horror ante la corrosiva acción de la risa sobre cualquier tipo de sistema de autoridad, salvo quizás la autoridad intelectual, que resulta tan peligrosa para el autor de los crímenes como el humor mismo… No entro en detalles por si no leyeron la novela.

Obviamente, lo que esto quiere decir es que, como cualquier novela de ambientación histórica de calidad, no solo se reconstruye una época, sino que esa reconstrucción esconde en su interior (aunque de forma no demasiado oculta) una potente cápsula de actualidad: a fin de cuentas, ni el autor ni el lector son monjes del Medioevo, y, obligatoriamente, hacen del texto una lectura anacrónica… La lectura es anacrónica, pero el tema no: que un fanático o un dictador (o quizás unos cuantos) hagan todo lo que esté a su alcance, incluyendo la tortura y el asesinato, para prohibir, proscribir y evitar el humor no es precisamente una historia que haya dejado de ocurrir en la Edad Media, sino que sigue sucediendo, con distintos grados de salvajismo según cuán tolerante o intolerante sea el medio social y político en que se produce.

De hecho, salvando las obvias distancias, las novelas de Kundera y Eco tienen algo en común con estas líneas: no son sobre el pasado sino sobre la actualidad, porque con la desquiciada persecución y censura de toda forma de humor impulsada por la corrección política (para contento de gobernantes y líderes religiosos que ven que les están haciendo el trabajo sucio y, para mayor felicidad, en nombre del progresismo), simplemente una nueva inquisición liberticida está adquiriendo proporciones cada vez más alarmantes… Definitivamente, el problema no es que los conservadores lo sean, que están en su derecho de tener sus propias opiniones; el problema es lo ultraconservador que ha devenido el falaz y ridículo remedo de progresismo de la corrección política.

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