Durante años, Lucía bordaba para relajarse después del trabajo. Subía algunas fotos a Instagram, abrió una pequeña tienda online “por probar” y en cuestión de meses el pasatiempo se transformó en una segunda jornada laboral. “Ahora, cuando me siento a bordar sin encender el cronómetro de horas facturables, siento culpa”, admite. Lo que antes era refugio se volvió obligación.
Su experiencia ilustra una tendencia en auge: la presión, social y económica, por convertir cualquier habilidad o afición en una fuente de ingresos. De la ilustración al gaming, de la repostería a la escritura, la cultura del “monetiza tu pasión” se ha instalado como mantra de la economía de plataformas.
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La economía del hobby: todos emprendedores, todo el tiempo
Las redes sociales y las plataformas de contenido han reducido barreras de entrada: abrir un canal, ofrecer clases online o vender productos caseros es más sencillo que nunca. Al mismo tiempo, los salarios estancados, la precariedad y el alto coste de la vida empujan a buscar ingresos extra.
En ese contexto, la narrativa del emprendimiento permanente se vuelve seductora. No se trata solo de poder ganar dinero, sino de la idea de que deberíamos hacerlo: si cocinás bien, vendé menús; si hacés fotos, ofrecé sesiones; si leés mucho, abrí un canal de reseñas patrocinadas.
El mensaje implícito es claro: usar el tiempo libre en algo que no genere rendimiento económico empieza a percibirse casi como un lujo o una pérdida.
Cuando la pasión se vuelve evaluación continua
Psicólogos de la motivación llevan años alertando sobre el llamado “efecto de sobrejustificación”: cuando una actividad que se hacía por placer empieza a hacerse por recompensa externa, el disfrute puede disminuir.
El hobby deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un medio para lograr ingresos, seguidores o reconocimiento.
En la práctica, esto se traduce en dinámicas conocidas por muchos creadores: medir cada gesto en clics, likes y ventas; adaptar lo que se hace no a lo que apetece, sino a lo que “funciona”; sentir ansiedad si se “pierde el ritmo” de publicación. La línea entre tiempo libre y tiempo productivo se difumina hasta desaparecer.
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A ello se suma un riesgo de autoexplotación. Como el trabajo nace de algo que gusta, es fácil normalizar jornadas extensas, contestar mensajes a cualquier hora o aceptar encargos mal pagados “por amor al arte” o por miedo a dejar escapar una oportunidad.
El valor de hacer cosas “inútiles”
Frente a esta lógica de rendimiento constante, algunos especialistas en salud mental reivindican el valor de los pasatiempos verdaderamente gratuitos: actividades que no se publican, no se miden, no se convierten en contenido. Momentos en los que el error no implica pérdida económica ni penalización algorítmica.
Mantener “zonas libres de monetización” no significa renunciar a emprender o a profesionalizar una pasión, sino poner límites claros: decidir qué parte de la afición se convierte en trabajo y cuál se protege como espacio privado, sin métricas ni objetivos.
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En un contexto donde todo invita a optimizar, producir y vender, defender el derecho a hacer cosas solo porque sí —leer sin reseñar, pintar sin exponer, cocinar sin fotografiar— se vuelve, paradójicamente, un acto casi subversivo.
Para muchos, el desafío no será encontrar una forma de ganar dinero con lo que aman, sino lograr que no todo lo que aman termine convertido en trabajo.