¿Qué es la displasia de cadera?
La displasia de cadera es una malformación de la articulación que une la pelvis con el fémur. La cavidad donde encaja la cabeza del fémur no se ajusta bien y la articulación se vuelve inestable. Con el tiempo, esa falta de encaje desgasta el cartílago y provoca dolor, inflamación y artrosis.
No es un simple “dolor pasajero”: es un problema crónico que puede empeorar si no se detecta y trata a tiempo.
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Razas más afectadas
Aunque puede aparecer en cualquier perro, es más común en razas como:
- Pastor alemán
- Labrador y golden retriever
- Rottweiler
- San Bernardo
- Mastines y otras razas grandes
Los cruces de estas razas también pueden tener mayor riesgo. El peso del animal y un crecimiento muy rápido durante los primeros meses de vida aumentan las probabilidades de desarrollar el problema.
Señales de alerta en casa
El primer signo que muchos dueños notan es justo ese: el perro cojea unos pasos al levantarse, sobre todo tras mucho rato tumbado.
Después parece “calentarse” y mejora. Pero hay otras señales que deberían encender las alarmas:
El perro evita subir escaleras o al sofá, duda antes de saltar al coche o rehúye los paseos largos que antes le entusiasmaban.
Puede caminar “meneando” la parte trasera, como si moviera la cadera de lado a lado, o correr usando las dos patas traseras casi juntas, como un conejo.
Algunos animales se sientan de forma rara, con una pata hacia fuera, o se tumban siempre del mismo lado.
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También puede notarse dolor si se le toca la cadera o se le abre y cierra la pata trasera. En fases más avanzadas, el perro pierde masa muscular en la parte trasera y se ve el lomo más cargado, porque compensa con las patas delanteras.
No siempre es “cosas de la edad”
Muchos casos se confunden con “achaques de perro mayor”. Sin embargo, la displasia puede dar síntomas desde los 5–6 meses de edad.
En perros jóvenes, el dolor puede aparecer de forma intermitente: días en los que cojea mucho y otros en los que parece estar bien.
Especialistas insisten en que cualquier cojera que dure más de 48 horas, se repita con frecuencia o vaya acompañada de apatía, cambios de carácter o quejidos al moverse debe ser motivo de consulta veterinaria.
Diagnóstico y tratamiento
El diagnóstico se basa en la exploración física y, sobre todo, en radiografías de cadera. Estas pruebas permiten ver el grado de displasia y la presencia de artrosis.
El tratamiento depende de la edad del perro y de la gravedad del caso. Puede incluir control estricto del peso, cambios en la alimentación, antiinflamatorios, protectores articulares y fisioterapia. En casos graves o en animales jóvenes con malformaciones importantes, se valoran cirugías específicas.
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Los ejercicios controlados, como paseos cortos y frecuentes o natación, suelen ayudar. En cambio, saltos, carreras bruscas o suelos resbaladizos empeoran el problema.
¿Se puede prevenir?
No siempre se puede evitar, porque hay un componente genético importante. Sin embargo, los veterinarios recomiendan algunas medidas para reducir el riesgo o retrasar la aparición de síntomas: elegir criadores responsables que hagan controles de cadera a los padres, evitar que el cachorro engorde, usar balanceados adecuados para razas grandes y no forzar ejercicio intenso en perros muy jóvenes.
Para los dueños, la clave está en observar. Si tu perro cojea al levantarse, se queda atrás en los paseos o parece haber perdido ganas de moverse, no lo dejes pasar. Un diagnóstico temprano puede marcar la diferencia entre una vejez con dolor y una vida más cómoda y activa.