El precio de la “pureza”: los problemas genéticos más comunes en las razas con pedigree

Perro de la raza cavalier king charles spaniel.Shutterstock

La imagen del perro de raza “perfecta”, con pedigree y rasgos muy definidos, es uno de los motores del negocio canino mundial. Pero detrás de muchos de esos estándares se esconde un peaje alto: la concentración de enfermedades hereditarias que merman la calidad y la expectativa de vida de millones de animales.

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Respirar duele: razas braquicéfalas en el punto de mira

Bulldogs (inglés y francés), pugs y shih tzus se han convertido en fenómenos de redes sociales. Sus caras chatas y ojos grandes resultan irresistibles para muchos compradores urbanos.

Perro de raza Pug.

Sin embargo, esa misma anatomía está en el centro del llamado síndrome obstructivo braquicéfalo: narinas estrechas, paladar blando alargado y tráquea reducida que dificultan la respiración.

Perro de raza Shih Tzu.

Veterinarios de todo el mundo advierten de un patrón repetido: jadeo extremo incluso en reposo, intolerancia al ejercicio, golpes de calor y necesidad de cirugías reconstructivas para que el animal pueda llevar una vida mínimamente normal.

Bulldog inglés.

A ello se suman problemas oculares (úlceras corneales por ojos demasiado expuestos) y dermatológicos en los pliegues de la piel.

Bulldog francés.

Algunos países europeos han comenzado a limitar la cría de ejemplares con rasgos extremos, al considerar que se trata de un problema de bienestar estructural, no de casos aislados.

Cuando la elegancia pesa: articulaciones y columna

En el pastor alemán, uno de los perros más populares del planeta, la combinación de selección por un lomo descendente y una crianza intensiva ha disparado la prevalencia de displasia de cadera y codo.

Perro pastor alemán.

Esta malformación de las articulaciones provoca dolor crónico, cojera y, con frecuencia, necesidad de medicación de por vida o cirugía.

El labrador retriever, símbolo de “perro familiar perfecto”, no se libra: además de displasia, presenta alta incidencia de obesidad —que agrava las dolencias articulares— y ciertas patologías oculares hereditarias.

Perro labrador retriever.

En el extremo opuesto de tamaño, el dachshund o “perro salchicha” concentra casos de enfermedad de disco intervertebral. Su columna alargada sobre patas cortas lo hace vulnerable a hernias discales que pueden terminar en parálisis.

Perro de la raza dachshund en la playa.

El problema no es anecdótico: las guías de algunas asociaciones veterinarias ya recomiendan limitar saltos y escaleras desde edades tempranas.

Corazón y cerebro: cuando el diseño afecta a órganos vitales

El cavalier king charles spaniel, promocionado como perro de compañía ideal, acumula patologías particularmente graves. La enfermedad de la válvula mitral —una cardiopatía degenerativa— es tan frecuente que muchos ejemplares desarrollan insuficiencia cardíaca antes de los 10 años.

Perro de raza Cavalier King Charles Spaniel.

Además, la selección por cráneos muy redondeados se ha vinculado a la syringomielia, un trastorno neurológico doloroso causado por la falta de espacio para el cerebro.

Shar peis, doberman, boxers o dálmatas presentan también, cada uno, “talones de Aquiles” genéticos bien descritos: desde fiebres periódicas hasta cardiomiopatías y sordera congénita. La lista crece a medida que los tests de ADN revelan nuevas mutaciones.

La consanguinidad invisible y el negocio del pedigree

El concepto de “pureza” de raza descansa en un número limitado de fundadores y en décadas de cruces dentro del mismo árbol genealógico. Cuanto más cerrado es el libro de orígenes, mayor es el coeficiente de consanguinidad y la probabilidad de que dos copias defectuosas de un gen se encuentren en un cachorro.

Shar pei.

Clubes de raza y registros oficiales han empezado a promover pruebas genéticas obligatorias para determinados cruces y programas de “outcrossing”, que introducen sangre nueva desde líneas compatibles para ampliar la diversidad genética.

Pero estas iniciativas a menudo chocan con intereses económicos y con la resistencia de quienes temen “diluir” el estándar.

¿Qué puede hacer el futuro dueño?

Los expertos coinciden en un punto: la clave está en la información. Pedir certificados de salud específicos para cada raza, desconfiar de camadas “de moda” sin controles veterinarios y considerar también adopciones o cruces bien gestionados son pasos concretos para no alimentar un modelo de cría que prioriza la apariencia sobre el bienestar.

La pregunta de fondo es incómoda: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a mantener ideales estéticos sabiendo que el coste lo paga el animal con su propio cuerpo?

Mientras el mercado premie la pureza sin cuestionarla, el precio oculto de muchos pedigríes seguirá midiéndose en sufrimiento silencioso.

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