Respirar duele: razas braquicéfalas en el punto de mira
Bulldogs (inglés y francés), pugs y shih tzus se han convertido en fenómenos de redes sociales. Sus caras chatas y ojos grandes resultan irresistibles para muchos compradores urbanos.
Sin embargo, esa misma anatomía está en el centro del llamado síndrome obstructivo braquicéfalo: narinas estrechas, paladar blando alargado y tráquea reducida que dificultan la respiración.
Veterinarios de todo el mundo advierten de un patrón repetido: jadeo extremo incluso en reposo, intolerancia al ejercicio, golpes de calor y necesidad de cirugías reconstructivas para que el animal pueda llevar una vida mínimamente normal.
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A ello se suman problemas oculares (úlceras corneales por ojos demasiado expuestos) y dermatológicos en los pliegues de la piel.
Algunos países europeos han comenzado a limitar la cría de ejemplares con rasgos extremos, al considerar que se trata de un problema de bienestar estructural, no de casos aislados.
Cuando la elegancia pesa: articulaciones y columna
En el pastor alemán, uno de los perros más populares del planeta, la combinación de selección por un lomo descendente y una crianza intensiva ha disparado la prevalencia de displasia de cadera y codo.
Esta malformación de las articulaciones provoca dolor crónico, cojera y, con frecuencia, necesidad de medicación de por vida o cirugía.
El labrador retriever, símbolo de “perro familiar perfecto”, no se libra: además de displasia, presenta alta incidencia de obesidad —que agrava las dolencias articulares— y ciertas patologías oculares hereditarias.
En el extremo opuesto de tamaño, el dachshund o “perro salchicha” concentra casos de enfermedad de disco intervertebral. Su columna alargada sobre patas cortas lo hace vulnerable a hernias discales que pueden terminar en parálisis.
El problema no es anecdótico: las guías de algunas asociaciones veterinarias ya recomiendan limitar saltos y escaleras desde edades tempranas.
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Corazón y cerebro: cuando el diseño afecta a órganos vitales
El cavalier king charles spaniel, promocionado como perro de compañía ideal, acumula patologías particularmente graves. La enfermedad de la válvula mitral —una cardiopatía degenerativa— es tan frecuente que muchos ejemplares desarrollan insuficiencia cardíaca antes de los 10 años.
Además, la selección por cráneos muy redondeados se ha vinculado a la syringomielia, un trastorno neurológico doloroso causado por la falta de espacio para el cerebro.
Shar peis, doberman, boxers o dálmatas presentan también, cada uno, “talones de Aquiles” genéticos bien descritos: desde fiebres periódicas hasta cardiomiopatías y sordera congénita. La lista crece a medida que los tests de ADN revelan nuevas mutaciones.
La consanguinidad invisible y el negocio del pedigree
El concepto de “pureza” de raza descansa en un número limitado de fundadores y en décadas de cruces dentro del mismo árbol genealógico. Cuanto más cerrado es el libro de orígenes, mayor es el coeficiente de consanguinidad y la probabilidad de que dos copias defectuosas de un gen se encuentren en un cachorro.
Clubes de raza y registros oficiales han empezado a promover pruebas genéticas obligatorias para determinados cruces y programas de “outcrossing”, que introducen sangre nueva desde líneas compatibles para ampliar la diversidad genética.
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Pero estas iniciativas a menudo chocan con intereses económicos y con la resistencia de quienes temen “diluir” el estándar.
¿Qué puede hacer el futuro dueño?
Los expertos coinciden en un punto: la clave está en la información. Pedir certificados de salud específicos para cada raza, desconfiar de camadas “de moda” sin controles veterinarios y considerar también adopciones o cruces bien gestionados son pasos concretos para no alimentar un modelo de cría que prioriza la apariencia sobre el bienestar.
La pregunta de fondo es incómoda: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a mantener ideales estéticos sabiendo que el coste lo paga el animal con su propio cuerpo?
Mientras el mercado premie la pureza sin cuestionarla, el precio oculto de muchos pedigríes seguirá midiéndose en sufrimiento silencioso.