Un barco de madera, cuerdas… y roedores por todas partes
Para entender por qué los gatos eran tan valiosos, hay que imaginar un barco del siglo XV o XVI: casco de madera, velas de tela, cuerdas de fibra natural, barriles de comida y agua, sacos de grano, queso y galletitas de barco. Un auténtico paraíso para ratas y ratones.
Los roedores no solo se comían las provisiones. Roían las cuerdas, los barriles y hasta partes del casco, debilitando la estructura. Además, eran portadores de enfermedades. En un en el que la tripulación vivía muy cerca y el médico, si lo había, tenía recursos limitados, un brote podía ser fatal.
El gato se convirtió así en el “arma secreta” contra esta plaga. Un buen cazador podía ahorrar comida, proteger el material y reducir el riesgo de enfermedades. No era un capricho: en muchos barcos, especialmente en las marinas de guerra, contar con gatos era casi una norma no escrita.
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Más que exterminadores: talismanes y compañeros
Pero los gatos no solo servían como control de plagas. También se ganaron un lugar en el imaginario marinero. Muchos marineros eran profundamente supersticiosos, y los gatos terminaron rodeados de creencias.
Se decía, por ejemplo, que un gato a bordo traía buena suerte y protegía el barco de tormentas y naufragios. Si el animal se mostraba inquieto o nervioso sin razón aparente, algunos marineros lo interpretaban como un anuncio de mal tiempo. La sensibilidad de los gatos al cambio de presión y al ambiente podía reforzar esta idea.
Había creencias más oscuras. Tirar un gato por la borda se consideraba una enorme mala suerte, casi una condena al naufragio. Maltratar al gato del barco era, en algunas tripulaciones, una especie de “pecado” no escrito.
Al mismo tiempo, estos animales daban algo muy valioso en viajes de meses: compañía. En un entorno duro, con disciplina estricta y pocos momentos de distracción, un gato que se dejaba acariciar o que jugaba con la tripulación era un alivio emocional inesperado.
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Viajes de descubrimiento… y de adaptación felina
Durante la llamada Era de los Descubrimientos, entre los siglos XV y XVII, las grandes potencias europeas llenaron los océanos de barcos: las carabelas portuguesas, los navíos españoles rumbo a América o las expediciones inglesas y holandesas hacia rutas alternativas. En todos ellos era frecuente encontrar gatos.
Estos felinos no solo viajaban: se adaptaban. Al llegar a nuevos puertos, algunos escapaban o eran dejados en tierra, contribuyendo a la expansión de la especie en islas remotas y costas recién “descubiertas” por los europeos. De este modo, el gato doméstico terminó apareciendo en lugares donde antes no existía.
También se llevaba a bordo a los mejores cazadores de las ciudades portuarias. Marineros y capitanes sabían qué gatos eran más eficaces y tranquilos, y los preferían frente a animales más ariscos o poco hábiles. No era raro que un buen gato marinero pasara de barco en barco, casi como un especialista muy cotizado.
De héroes anónimos a gatos famosos
Aunque la mayoría de los gatos marineros quedaron en el anonimato, algunos se hicieron célebres. Uno de los más conocidos es Trim, el gato que acompañó al navegante británico Matthew Flinders en sus exploraciones por las costas de Australia a principios del siglo XIX. Flinders lo mencionó en sus escritos, y hoy hay incluso estatuas de ellos.
En expediciones posteriores, ya fuera de la etapa clásica de los grandes descubrimientos, también hubo gatos que pasaron a la historia. Uno de los más recordados es “Unsinkable Sam” (Sam el Insumergible), un gato que supuestamente sobrevivió al hundimiento de varios barcos durante la Segunda Guerra Mundial. Su historia mezcla realidad y leyenda, pero muestra hasta qué punto estos animales formaban parte de la vida marinera.
En la era de las exploraciones polares, otro gato, conocido como Mrs. Chippy, acompañó al explorador Ernest Shackleton en la expedición Endurance a la Antártida. Aunque la historia de este animal termina de forma trágica, su presencia revela que, incluso en las condiciones más extremas, los gatos seguían siendo considerados miembros útiles —y queridos— de la tripulación.
Ciencia, superstición y un lugar en la historia
Hoy, con barcos de acero, sistemas de refrigeración y estrictas normas sanitarias, los gatos han desaparecido casi por completo de la marina mercante y militar. Sin embargo, durante siglos formaron parte del “equipo básico” de cualquier viaje largo.
Su presencia mezcla tres elementos muy humanos: la necesidad práctica (controlar plagas), la necesidad emocional (compañía y consuelo) y la necesidad simbólica (supersticiones, talismanes, rituales).
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En un barco que se internaba en lo desconocido, hacia mares sin mapas, tener a bordo una figura familiar como un gato probablemente hacía el mundo un poco menos amenazante.
Los grandes viajes de descubrimiento se recuerdan por sus capitanes, sus cartas de navegación y sus hazañas. Pero en las cubiertas, entre cuerdas, barriles y marineros exhaustos, solía caminar un animal silencioso que ayudó a que esa historia fuera posible.
Esos gatos marineros, tan poco mencionados en los libros de texto, fueron piezas discretas pero clave en la conquista de los océanos.