El obispo de Ciudad del Este, monseñor Pedro Collar Noguera, resaltó algunas de las situaciones que, pese a los años y a los discursos institucionales, continúan afectando a la infancia. Señaló que existen realidades que “golpean directamente al alma de la infancia” y enfatizó que el criadazgo, el trabajo infantil y la explotación de niños destruyen a la sociedad.
El religioso afirmó que todavía persiste la práctica de separar a niños de sus familias bajo la promesa de una vida mejor o del acceso a la educación. Sin embargo, advirtió que muchos terminan asumiendo responsabilidades propias de adultos, alejados de sus padres y privados del juego, el afecto y el cuidado familiar.
Pidió que los niños que son acogidos en otros hogares sean tratados verdaderamente como hijos e hijas y no como mano de obra. El planteamiento apunta directamente a una práctica que durante años fue naturalizada en distintos sectores de la sociedad paraguaya.
También se refirió a los niños y adolescentes en situación de calle. Cuestionó la actitud de quienes pasan frente a ellos con indiferencia, incluso con los vidrios de sus vehículos levantados, y terminan acostumbrándose a observar la pobreza y el abandono como si fueran parte normal del paisaje.
“Ningún pequeño nació para hacer de la calle su hogar”, dijo al reclamar una presencia más efectiva de la familia, el Estado y la sociedad para garantizar protección y oportunidades.
Crítica a la trata y explotación sexual
En otro momento de su prédica, monseñor Collar condenó la trata de personas y la explotación sexual de niños y adolescentes. Advirtió sobre la existencia de redes que se aprovechan de situaciones de extrema necesidad para engañar y lucrar con la vida de personas vulnerables.
Ante esta realidad, reclamó que no haya espacio para el silencio ni la indiferencia. Instó a denunciar estos hechos, proteger a las víctimas y dejar claramente establecido que la vergüenza no debe recaer sobre el niño o adolescente explotado, sino sobre quien comete el abuso.
“La víctima necesita cobijo, sanación, escucha y acompañamiento”, remarcó durante su prédica.
El obispo también cuestionó la tendencia a lamentarse por los problemas sociales sin asumir responsabilidades concretas. Señaló que resulta sencillo criticar la situación del país en términos generales, pero mucho más difícil actuar en el entorno inmediato, compartir con quien necesita ayuda o garantizar condiciones dignas a quienes dependen de uno.
“Pasar del lamento a la acción”
En otro pasaje de la homilía, planteó que la fe cristiana no puede quedarse únicamente en las buenas intenciones o en discursos sobre solidaridad. Afirmó que el compromiso debe traducirse en acciones concretas y cotidianas.
Explicó que el bien común no es una responsabilidad exclusiva de los gobiernos o de las instituciones, sino una construcción que también se realiza en las familias, los lugares de trabajo y las comunidades.
En ese sentido, cuestionó la comodidad de quedarse en las quejas y observar desde afuera los problemas sociales. Consideró que cruzarse de brazos ante situaciones injustas también constituye una forma de omisión.
Su mensaje fue especialmente dirigido a quienes tienen responsabilidades públicas, al señalar que las autoridades deben destinar recursos para proteger a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad y fortalecer las instituciones encargadas de proteger a la niñez.
También reclamó políticas públicas que garanticen los derechos de migrantes y refugiados, además de acciones firmes contra la trata, la explotación y la falta de protección jurídica.
“El verdadero desarrollo se mide por el cuidado de los más vulnerables”
Mons. Collar Noguera afirmó que el desarrollo de una nación no debería medirse únicamente por indicadores económicos, sino también por la capacidad de proteger a sus miembros más pequeños, pobres y vulnerables.
En ese contexto, pidió fortalecer las instituciones de protección de la niñez y combatir la corrupción y la impunidad que, según señaló, terminan favoreciendo situaciones de explotación de los sectores más desprotegidos.
También convocó a las comunidades religiosas y a la ciudadanía en general a construir redes de protección, diálogo y solidaridad, con especial atención a los niños y jóvenes migrantes.
Finalmente, desde la Basílica de Caacupé, pidió a la Virgen que proteja a los migrantes, refugiados y, especialmente, a los niños que sufren situaciones de abandono, explotación o desprotección.
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