Comparado con los picos cercanos a 8.000 guaraníes que el mercado llegó a ver hace pocos años, la trayectoria es contundente: interanual, la caída del billete verde rondó el 25% en abril y todavía se mantiene por encima del 19% en agosto. Para cualquier importador, para quien recibe remesas o para el turista que cambia dólares en Asunción, la diferencia se siente en el bolsillo todos los días.
La explicación oficial tiene tres patas y las tres son reales. Paraguay creció 6,6% en 2025, cifra que pocos países de la región pueden exhibir. Las exportaciones treparon 25,2% hasta julio y ya superan los US$ 12.100 millones, empujadas por la soja y la maquila, con un superávit comercial acumulado de US$ 746,6 millones. Y en julio, Moody’s ratificó la calificación Baa3, grado de inversión, con perspectiva estable, el sello que en 2025 abrió la puerta a fondos que antes ni miraban al país. A eso se suma la baja de tasas de la Reserva Federal desde 2024 y el ruido fiscal en Washington, que empuja capital hacia economías emergentes con fundamentos ordenados.
El rol del BCP
Miguel Mora, miembro del Directorio del Banco Central del Paraguay, lo resumió en mayo con una frase que vale releer: “Cuando vemos que el comportamiento está alineado con los fundamentos internos y externos, el BCP simplemente observa”. No hay intervención porque, según la autoridad monetaria, no hace falta corregir nada. El mercado estaría haciendo su trabajo solo.
Aquí conviene detenerse. Un superávit comercial de 746 millones de dólares y una inversión extranjera directa que el propio Paraguay proyecta apenas en US$ 700 millones para todo el año no alcanzan, por sí solos, para mover en dos dígitos el tipo de cambio de una economía de casi US$ 45.000 millones de PIB. Son flujos relevantes, pero no del tamaño necesario para explicar una apreciación de esta magnitud sin la ayuda de otro actor. Y ese actor tiene nombre: el propio Banco Central.
El mismo Mora reconoció que a comienzos de 2025 el BCP intervino para corregir lo que llamó una “apreciación anómala” del dólar; es decir, vendió reservas para frenar un guaraní demasiado débil. Un banco central que interviene para defender su moneda cuando se debilita, y que después mira para el costado cuando esa misma moneda se fortalece más allá de lo que sus propios fundamentos explican, no está siendo simplemente pasivo. Está tomando una decisión, aunque prefiera llamarla observación.
Y la decisión tiene lógica. La meta de inflación para 2026 es 3,5%, con la tasa de política monetaria en 5,50%. Un guaraní fuerte abarata las importaciones, combustibles, insumos industriales, bienes de capital, y eso favorece mantener la inflación contenida sin subir más la tasa, con el costo político y financiero que eso implicaría. No hace falta imaginar una conspiración para reconocer que a un banco central con meta de inflación baja le conviene, y mucho, una moneda apreciada.
Las dos historias
Nada de esto invalida el buen desempeño exportador ni el logro del grado de inversión, ganado con años de disciplina fiscal. Pero atribuir el grueso de la apreciación solo a esos méritos, sin mencionar el rol activo, o la inacción selectiva, del Banco Central, es contar la mitad de la historia.
La otra mitad es más simple y menos elegante: preservar una inflación baja es, para cualquier autoridad monetaria, un objetivo que vale la pena perseguir, aunque el costo lo paguen hoy los exportadores que reciben menos guaraníes por cada dólar que traen del exterior.
(*) Economista, especialista en Estructuración de Fondos de Inversión