Demóstenes (384 a 322 a. C.), considerado uno de los mejores oradores de la antigüedad, dirigió sus filípicas contra los abusos de poder del rey Filipo II de Macedonia (389 a 336 a. C.).
Y así, podemos recorrer la historia y encontrar a grandes defensores de la libertad de expresión que lucharon contra dictadores y totalitarios.
Los diputados de nuestro país, al reafirmar la sanción a la legisladora Celeste Amarilla (PLRA) por su opinión, pisotearon la libre expresión garantizada por la Constitución Nacional. La Carta Magna faculta a los parlamentarios a denunciar los hechos ilícitos que desangran al país.
El argumento de los diputados fue que la honorabilidad de los integrantes del colegiado fue mancillada por la expresión de Amarilla al criticar el uso de dinero sucio en proselitismo.
Con ese tipo de acciones desatinadas, lo legisladores causan enormes daños a la sociedad y al país.
En primer lugar la honorabilidad no se puede exigir porque es una cualidad intrínseca. Una persona es honorable por su integridad, trayectoria límpida, justa y honesta. Está sujeta a principios éticos y morales.
Para entender mejor, la ética es la conducta recta ajustada a la razón y la moral. Esta última a refiere a las normas y costumbres que impone la sociedad. No se trata solo de escándalos libertinos, sino de evitar daños físicos, sexuales, psicológicos y sociales a las personas.
Los parlamentarios tienen fueros para emitir libremente su opinión sin que sean molestados, pese a las bravuconadas de algunos. La libre expresión, uno de los pilares de la democracia, es un derecho ciudadano, una conquista de las sociedades modernas y contemporáneas.