Demostrando una absoluta falta de control sobre sus reacciones, amenazó a la primera con “meterle una trompada”, para luego despacharse contra las otras dos con expresiones del tipo “dejá de romperme las …” y “a mí nunca me vas a ganar”. Incluso, se dio el tupé de tomar del rostro a la última. Hubiese estado muy bueno que reciba una bofetada allí mismo, pero la periodista no atinó a hacerlo, seguramente no por faltarle ganas sino preservando su puesto de trabajo y acceso a ese lugar.
Amén de proceder en forma totalmente desacertada, el diputado Esgaib hubiese, ya que consideró tan superfluas e intrascendentes las expresiones de estas personas a quienes agredió, aprovechado para responder con altura y echar por tierra los argumentos contrarios a los suyos. No supo utilizar la ventaja que le da su posición, y lejos de lucirse más bien demostró que, a pesar de sus años y trayectoria, no está a la altura de lo que cabría esperar de un legislador, que debería tener una conducta ejemplar.
Los parlamentarios se ocupan con bastante empeño de sorprendernos con incidentes de todo tipo, pero situaciones como ésta como que ya se pasan de la raya. La discusión y el debate legislativos están contemplados dentro de las facultades y atribuciones de estos representantes del pueblo paraguayo, y estamos en este punto todos de acuerdo en que el nivel que se maneja deja muchísimo que desear, pero de allí a pretender acallar por la fuerza una voz contraria o burlarse del trabajo de los comunicadores ya es demasiado.
La Cámara de Diputados se ganó en algún momento el mote de “Cámara de la Vergüenza”, con sobrados méritos que sus sucesivos integrantes se encargan de actualizar. Sobre este caso en particular, preocupan sobremanera por un lado las ínfulas de este señor que (¿respaldado por quién, amparado en qué?) se permite reincidir en conductas similares que ya tuvo en el pasado, por lo que antecedentes le sobran. Pero igual de preocupante es la actitud de sus colegas, los hombres cobardes y tiesos en sus puestos bajando la mirada con vergüenza, pero incapaces de decirle al colega (”chamigo, bajá un cambio porque la estás pifiando feo). Esto, como mínimo.
También causan indignación, casi más que sus colegas varones, las expresiones de algunas legisladoras que intentaron soslayar el hecho manifestando que “el pobre Yamil pisó el palito que le pusieron”. Si en el caso de los hombres podríamos buscar la explicación en una sociedad patriarcal machista –y esto sólo para entender, lejísimo de justificarlo-, ¿cómo podemos interpretar este bullying de las mujeres hacia sus congéneres?
Si pretendió ser una cortina de humo para apartar el interés del público sobre el escándalo de la apropiación irregular de tierras fiscales, no dio el resultado que esperaban. Por el contrario, avivan el descontento ante el accionar impune de estos personajes, a quienes les guste o no, la prensa seguirá “rompiendo los …” e informando a la ciudadanía, en una forma válida y democrática de crear opinión y conciencia.
Sobre los exabruptos de este señor con problemas de autopercepción, su conducta de tan llamativa, ofensiva y ordinaria causó molestia entre sus contrarios políticos, pero también entre sus allegados, y –algo inusual- unos y otros estuvieron de acuerdo en aplicarle una sanción que, aunque leve, conlleva un antecedente que pasará a adornar un legajo ya de por sí muy salpicado de irregularidades adentro y afuera de ese recinto. Como ejemplo, el akãpete aleccionador fue aplicado en tiempo y forma, y ojalá sirva de escarmiento para el futuro.