Un espejo llamado cárcel

Las cárceles de Paraguay están cada vez más colapsadas, y Alto Paraná es uno de los departamentos que alberga uno de los penales más superpoblados. Improvisadas celdas, una insalubridad terrible y corrupción envuelven a este penal, que tiene una capacidad máxima de 600 personas, pero que alberga a 1.583 personas privadas de su libertad. De esta cantidad, solo 400 están condenadas.

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Muchas personas que salieron de este lugar revelaron el infierno que se vive dentro de él. Algunos duermen sentados, ya que no tienen espacio ni para extenderse y mucho menos un colchón.

Es evidente que esto está muy lejos de cumplir con la finalidad de una pena impuesta a una persona privada de libertad, que no debería ser un cruel castigo sino una reinserción social. Luego de décadas de quejas de autoridades locales de Alto Paraná, además de vecinos de la zona, el Ministerio de Obras Públicas construyó un nuevo penal en Minga Guazú.

Las autoridades del Ministerio de Justicia anunciaron que el nuevo penal será solo para condenados, que serán sometidos a un programa de reinserción social. Es decir, van a separar a los condenados de los preventivos, así como lo recomiendan los organismos internacionales.

Si bien es más que urgente brindarles las condiciones necesarias a las personas privadas de su libertad para que logren la reinserción social, también es imperioso prestar atención a otros aspectos que hacen que las cárceles estén cada vez más llenas: la prevención de la criminalidad y la alta mora judicial.

En cuanto a lo primero, no vemos una agenda clara y marcada en la política criminal para evitar que nuestros jóvenes sigan cayendo en la delincuencia. Si no se ofrecen condiciones para desarrollar el arte, el deporte y si no se crean fuentes de trabajo, no se puede pretender cambiar esta realidad. Las escuelas y colegios deben ser el semillero principal, por lo que hay que trabajar con los docentes, en primer lugar.

En cuanto a la mora judicial, se ha convertido en un mal de nunca acabar. Juzgados sobrecargados, procesos que avanzan a paso de tortuga hacen que muchos de los presos no tengan una condena firme. Una vez condenados, el panorama tampoco cambia mucho, ya que los sentenciados no tienen un acompañamiento oportuno.

Es decir, las cárceles llenas, en su mayoría de personas condenadas, hacinadas en condiciones infrahumanas, son el espejo de la sociedad que tenemos. Es tarea de todos y cada uno cambiar esta realidad; de lo contrario, nunca saldremos de este círculo vicioso.

tereza.fretes@abc.com.py

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